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Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el nacionalismo

Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo

 

Análisis del libro de Benedict Anderson, 1983

Benedict Richard O’Gorman Anderson fue un sociólogo de origen irlandés nacido en la ciudad china de Kunming en 1936. Vivió en California e Irlanda, donde cumplió sus estudios, y falleció en 2015 en Malang, en la isla de Java.

Anderson es muy conocido por sus estudios sobre Indonesia y el nacionalismo y por haber elaborado el concepto de “comunidad imaginada”, que analizó profundamente en su libro Comunidades imaginadas.

La obra fue publicada por primera vez en 1983, traducida en 25 idiomas y, como escribe el autor en la prefación a la segunda edición inglesa de 1991, inspirada por los conflictos armados en Indochina en 1978-79.

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1983 fue también el año de la publicación de La invención de la Tradición, libro del historiador constructivista y comunista Eric Hobsbawm (1917-2012) que constituyó una importante aportación en el debate sobre el nacionalismo, en el intento de deconstruir la autenticidad histórica de las tradiciones étnicas y nacionales1 Benedict Anderson, A Life Beyond Boundaries, Editor Verso, 2016, pp.123-124.

Los dos libros jugaron ambos un papel fundamental en este debate, principalmente porque antes de su publicación los conceptos de nacionalismo y de nación no estaban relacionados: el primero se consideraba nacido recientemente y estrictamente europeo, mientras que se creía que las naciones siempre hubiesen existido y que fuesen algo primordial y eterno2Marco D’Eramo, Benedict Anderson: uno sguardo che ti spiazza, prefación a la versión italiana de Comunità immaginate, Laterza, Bari, 2018, p.8.

Anderson se alejó de esta visión esencialista del concepto de nación y rebatió el realismo de los conceptos políticos; en su obra analizó los nacionalismos que nacieron en países muy heterogéneos internamente desde el punto de vista lingüístico, territorial y étnico y llevó a cabo el análisis a través de una metodología derivada del materialismo histórico y del marxismo, «en respuesta a cuestiones que habían perseguido a la clase obrera internacional y los movimientos poscoloniales» 3Craig Calhoun, La importancia de Comunidades imaginadas y de Benedict Anderson, London School of Economics and Political Science, 2016.

Nación y nacionalismo

El objetivo principal de este libro de «ofrecer sugerencias para una más satisfactoria interpretación de la “anomalía” del nacionalismo»4Benedict Anderson, Comunità immaginate, Laterza, Bari, 2018, p.28. El autor empieza el análisis teorizando que la nacionalidad y en nacionalismo son «artefactos culturales» de un tipo particular, creados a finales del siglo XVIII por un «entrecruzamiento de fuerzas históricas discontinuas»5Ivi, p.29.

Los considera como el producto de dinámicas materiales, condiciones económicas, corrientes político intelectuales, religiones y tecnologías6Anderson, A life Beyond Boundaries, p.128; sostiene que el nacionalismo es el éxito de una larga búsqueda de claridad teórica y que está lejos de ser un fenómeno del pasado, en cuanto es el «valor más universalmente legitimado en la vida política de nuestro tiempo»7Anderson, Comunità immaginate, p.27, a pesar de que algunas teorías sostengan su próximo fin.

Contrariamente a Anderson, el teórico político inglés Tom Nairn (1932 – ) cree que el nacionalismo es una patología del moderno desarrollo de la historia y que representa el gran fracaso histórico del marxismo, en cuanto las relaciones entre clase y nación recuerdan las relaciones entre estructura y superestructura.

Anderson analiza las raíces culturales del nacionalismo y se enfoca primero en los dos sistemas culturales de la Comunidad religiosa y del Reino Dinástico que, hasta que existieron, fueron dadas por sentadas gracias a la profunda naturalización de su existencia, y luego en el concepto de “simultaneidad” del tiempo.

La Comunidad religiosa, escribe Anderson, nació como una concepción de algo inmenso creado por las grandes culturas sagradas, sobre todo a través del lenguaje sagrado del latín que era considerado como el único admisible, espejo de la verdad y no arbitrario, capaz de garantizar el acceso privilegiado a la verdad ontológica.

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Benedict Anderson

De todas formas, las sagradas escrituras no pueden explicar claramente la imaginación de una comunidad, en cuanto la mayoría de las poblaciones era analfabeta y no podía relacionarse directamente con los textos. Quien se ocupaba de leerlos e interpretarlos para que el vulgo los entendiese eran los literatos, que componían la clase social de la intellighenzia bilingüe y que tuvieron un rol muy importante en cuanto, «mediando entre vulgar y latín, mediaban entre tierra y cielo», entre los humanos y la palabra divina.

En su día, el Reino Dinástico era considerado el «único sistema “político” imaginable», en el cual el poder real era concebido como fruto de una concesión divina y que, por tanto, no podía ser criticado ni remplazado. Las revoluciones filológico-lexicográficas y los movimientos nacionalistas europeos trajeron a la luz unos problemas políticos sobre la efectiva legitimidad de las dinastías, que de hecho no era adquirida a través de criterios de nacionalidad.

Como consecuencia del riesgo de que su legitimidad dejase de ser reconocida, las monarquías europeas crearon efectivamente unas identidades nacionales con el fin de naturalizar su posición de poder en función de una nueva legitimidad.

Desde mediados del siglo XIX, se actuaron las políticas conservadoras de “nacionalismo oficial”  sobre el nacionalismo popular, con el fin de juntar firmemente la naturalización y el mantenimiento de los poderes dinásticos.

Los nacionalismos oficiales fueron una respuesta temerosa por parte de los grupos de poder al riesgo de ser excluidos de las comunidades populares imaginadas, pero no tuvieron éxito hasta que no se crearon los nacionalismos lingüísticos populares, que fueron los que realmente llevaron a la creación de las comunidades imaginadas.

Para el desarrollo del nacionalismo oficial de Asia y África, por ejemplo, tuvieron grande importancia los censos, las cartas geográficas y los museos, que aclararon la visión que el Estado colonial tenia de sus territorios y de los productos de la cultura material, influenciando la idea que las poblaciones tenían de su territorio y de sí mismas, es decir de la nación.

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La primera guerra mundial implicó el fin de las grandes dinastías y, consecuentemente, la legitimidad internacional del poder se trasladó en las manos de los estados-naciones. Ambos sistemas culturales perdieron su poder a lo largo del tiempo, pero Anderson no considera el nacimiento de las comunidades imaginadas de las naciones sólo como consecuencia del derrumbe de las comunidades religiosas y de los reinos dinásticos.

Lo relaciona también con un grande cambio en la percepción temporal del mundo, es decir la transición desde una concepción del tiempo como “simultaneidad de pasado y futuro en un presente instantáneo”, tiempo que el filósofo alemán Walter Benjamín (1940 – ) define como “mesiánico”, a la creación del concepto moderno de simultaneidad, que ciertamente está relacionado con el desarrollo de las ciencias laicas y se basa en el concepto de sincronía y de “tiempo vacío y homogéneo”.

El declino de las certezas ofrecidas por un lenguaje sagrado, un poder monárquico con acepción divina y un tiempo “atemporal”, hicieron necesaria la búsqueda de un «nuevo significado que mantuviese juntos fraternidad, poder y tiempo»: la nación. Para Anderson, el nacimiento del concepto de nación fue fundamental para la «transformación laica de la fatalidad en continuidad» posterior a la desilusión religiosa aportada por la Ilustración en el siglo XVIII, en cuanto estableció una relación de continuidad entre el pasado, representado por las naciones, y el presente, encarnado en las modernas naciones-estado8Anderson, Comunità immaginate, p.35.

El escritor, y aquí está la grande aportación de su libro, define la nación como

comunidad política imaginada, e imaginada como intrínsecamente limitada y soberana9Ivi, p.30.

Es soberana en cuanto cada nación sueña con ser libre, y su libertad solo puede ser garantizada por un estado-nación; es limitada porque cada nación, por lo extensa que sea, «tiene confines […] más allá de los cuales se extienden otras naciones»; es imaginada porque

los habitantes de la más pequeña nación nunca conocerán a la mayoría de sus compatriotas, ni los encontrarán, ni nunca oirán hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de ser una comunidad10Ibidem.

Finalmente, Anderson sostiene que la comunidad es imaginada como tal porque es «concebida en términos de profunda, horizontal camaradería» y fraternidad; posiblemente, justo esta es la razón de los sacrificios que los pertenecientes a una nación hacen por su patria.

La nación, en cuanto no despierta intereses, puede pretender sacrificios, y la idea del último sacrificio deriva de la idea de la pureza a través del concepto de destino. La patria no se elige, pero se puede morir por ella, para defender los valores que aporta, para sostener un sistema cultural en el cual el individuo ha crecido y que por tanto ha interiorizado, y el en cual han crecido sus padres y crecerán sus hijos.

La nación sí es una comunidad imaginada, como teoriza el autor, pero se percibe como una familia, como una extensión del propio parentesco: mismos valores, misma historia, mismos problemas políticos, culturales y sociales, misma esperanza de vida, mismas posibilidades para el futuro.

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Como bien explica Anderson, los monumentos conmemorativos no sirven para recordar a un individuo en particular, sino para valorizar, rendir homenaje y nunca olvidar a la representación ideal de una cualquier persona de esa nación, valientemente muerta por la patria.

De esta manera es la nación misma la que fuerza la gente a recordar a los héroes, a tomar como ejemplos sus acciones valientes y patriotas, inculcando así en el profundo de los corazones de los individuos ese sentimiento de pertenencia a una nación que no se puede dejar de admirar y honorar. El nacionalismo no produce exclusivamente odio y miedo al poder, sino también amor hacia la patria, y una manifestación de ese amor puede ser justo el sacrificio de la propia vida.

 

El capitalismo impreso y la importancia de los idiomas

Para Anderson, la clave principal del desarrollo del concepto de nación se encuentra principalmente en el capitalismo, en su forma particular de capitalismo impreso (print capitalism).

De hecho, el capitalismo llegó a fomentar la edición en lengua vulgar y ya no en latín, sobre todo a causa de factores como la transformación y el enriquecimiento del latín mismo, el nacimiento de una literatura popular consecuente a la Reforma de Lutero originada en 1517 y la elevación de idiomas vulgares a «instrumentos de centralización administrativa por parte de las monarquías».

Los tres eventos llevaron al “destronamiento” del latín y a la creación, por parte del capitalismo, de «idiomas escritos reproducidos mecánicamente» y difundidos a través del mercado editorial. Los idiomas escritos «pusieron las bases para las conciencias nacionales en tres modos».

Principalmente, crearon un terreno común de intercambio y comunicación que constituyó la base efectiva del concepto de comunidad imaginada, y que hoy en día podríamos relacionar con el lenguaje simbólico universalmente reconocido por cada país en el mundo, constituido, por ejemplo, por logos y acrónimos. Pensamos en las marcas, las asociaciones, las instituciones o los servicios que nos ofrecen Internet y la tecnología en general, que están llenos de símbolos que a menudo todos podemos reconocer.

En segundo lugar, la edición comportó una general fijación y “cristalización” de los idiomas nacionales gracias al carácter permanente del libro imprimido, la cual impidió la continua transformación de las lenguas que ocurría sobre todo por la acción de la innovación gramatical aportada por los individuos. Además, permitió construir la idea de antigüedad basada en la conciencia del paso del tiempo y de las mutaciones lingüísticas, sociales y culturales que por suu efecto se producen.

Finalmente, el mercado editorial llevó a una extraordinaria emancipación y afirmación de los idiomas y dialectos más parecidos a la lengua escrita en detrimento de los que eran más diferentes, que sufrieron una penalización en su relevancia lingüística.

A pesar del idioma oficial de un estado, muchas veces su población no utiliza cotidianamente ese idioma ni lo conoce profundamente o son pocos los que saben hablarlo: cómo podemos notar en los estados poscoloniales, el idioma oficial puede ser distinto de la lengua franca y del idioma o del dialecto realmente hablado por la mayoría de la población.

Como escribe Anderson,

la formación concreta de los estados-naciones contemporáneos no es en modo alguno isomorfa con el alcance determinado de lenguas impresas particulares: hay una discontinuidad en la conexión entre las lenguas escritas, las conciencias nacionales y los estados-naciones.

Este fenómeno de afirmación de algunos idiomas y dialectos en detrimento de otros se encuentra también en nuestros días, porque la colonización y la más reciente globalización han favorecido el desarrollo a nivel mundial de pocos y determinados idiomas, mientras que las lenguas menos conocidas, por no decir los dialectos, son cada vez menos practicadas.

Se podría decir que estos últimos ya no se encuentran en un estado de evolución sino de involución y que probablemente van a desaparecer en unos pocos años, a menos que no se actúen políticas de recuperación y promoción lingüística.

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Ésta suele estar basada en la enseñanza de estos idiomas y dialectos a las nuevas generaciones de las pocas comunidades que todavía los hablan y a su consecuente conocimiento por parte de un grupo de hablantes más amplio, como se está haciendo en algunas comunidades suramericanas.

El antropólogo y paleontólogo argentino Rodolfo Casamiquela (1932 – 2008), por ejemplo, se comprometió por toda su vida en el intento de salvaguardar del olvido la lengua del pueblo patagón de los tehuelches del sur. La lengua tehuelche del norte se extinguió en 1960 por causa de la “mapuchización” del territorio e

incluso algunas familias saltaron del tehuelche al castellano, sin pasar por el mapuche. Hubo un sincretismo religioso y el tehuelche se mapuchizó11 Rolando Hanglin, ¿Quiénes son los mapuches?, Editorial La nación, Argentina, 16 septiembre 2014.

El objetivo del antropólogo fue el de recuperar los más posible el tehuelche del sur para que no desapareciera ese también, además del idioma del norte. Volvemos al tema del capitalismo impreso.

Anderson asocia su importancia en el desarrollo del concepto de nación a la invención de los periódicos, considerados por el autor como una representación vivida de la idea de comunidad imaginada. En primer lugar, gracias a la coincidencia cronológica que, a pesar de la distancia geográfica, tienen los varios eventos de los que se habla en los periódicos y, en segundo lugar, a la conexión que los relaciona con el mercado.

De hecho, los lectores pueden fácilmente notar que otros ciudadanos de su país leen el mismo periódico y que lo
hacen a diario: para el lector, este es el consuelo de que su mundo imaginado está radicado en la vida diaria de todos sus compatriotas, cosa que fomenta una “fe comunitaria en el anonimato”.

El capitalismo impreso, las comunicaciones de masa y las migraciones de masa, guiadas por el mercado y por las necesidades sociales, llevaron a la creación de los conceptos de nacionalismo y etnicidad. A través de la producción de masa de bienes de consumo serializados y estandarizados y a través de una comunicación mediática, en particular con el uso de la radio y la televisión a partir del siglo XX, el público de masa, creado por el capitalismo impreso, empezó a imaginarse como una nación única, unida por un mismo idioma y por las mismas características sociales y culturales, y no por compartir la misma sangre.

Consecuentemente, la nación es concebida como una entidad abierta en cuanto cualquier individuo puede entrar en esa comunidad imaginada, compartiendo sus elementos lingüísticos y culturales. Al mismo tiempo, también es una entidad cerrada, porque es bien limitada y definida por confines, características y rasgos particulares de la población que son diferentes de nación a nación.

 

El nacionalismo anti-colonial

En la prefación italiana al libro de Anderson, el periodista italiano Marco D’Eramo (1947 – ) nos enseña las transformaciones en los conceptos teóricos de izquierda de nación y nacionalismo a lo largo del tiempo, demostrando que, a partir de Marx, se han avanzado críticas y consideraciones diferentes y opuestas entre sí.

Hoy en día, escribe el autor, el nacionalismo es considerado “bueno” para la libre circulación de bienes y de capital, favoreciendo la globalización, mientras que se considera “malo” cuando se opone a la libre circulación de los individuos, demostrando una hostilidad hacia la inmigración12D’Eramo, pp.14-15 .

El nacionalismo fascista, por ejemplo, fue considerado negativo y malo al contrario del “buen” nacionalismo de las poblaciones del llamado “Tercer Mundo”, materializado en la lucha para la independencia y contra el imperialismo.

Este tipo de nacionalismo, llamado anti-colonial, fue típico de los países de Sur América, Asia y África que, a partir del siglo XIX, lucharon arduamente para conseguir la independencia de las capitales imperiales española, portugués, francesa, inglés y holandesa.

Anderson escribe que los países colonizados a menudo no están resentidos con los colonizadores: se enfocan en afirmar su patriotismo, dando relevancia a los valores característicos de su nación. Pero quizás la realidad no sea exactamente así: por ejemplo, la actitud de los latinoamericanos hacia los españoles o los portugueses no es totalmente indiferente ni neutral como podrían ser sus comportamientos hacia los ciudadanos de otros países.

El resentimiento se debe a la larga y turbulenta historia de colonización y a la moderna explotación económica, agraria y territorial de los países del “Tercer Mundo” por parte de las potencias económicas internacionales. Méjico es un buen ejemplo del nacionalismo anti-colonial: los mestizos mejicanos, a pesar de que sus genealogías dependan en gran parte del mestizaje de las poblaciones indígenas con los colonizadores europeos, luchan para ser reconocidos como descendientes de las civilizaciones maya, azteca, tolteca o zapoteca, pero no quieren ser considerados descendientes de los españoles.

La política indigenista mejicana, sin embargo, actuó con propósitos diferentes de los que tenían los mestizos. En un discurso de 1940, el presidente mejicano Lázaro Cárdenas del Río (1895-1970) dijo que

la Revolución (mejicana) ha proclamado como procedente la incorporación de la cultura universal al indígena […] sobre la base de su personalidad racial y el respeto de su conciencia y de su entidad. El programa de emancipación del indígena es, en esencia, el de la emancipación del proletariado de cualquier país. […] Nuestro problema indígena no está en conservar “indio” al indio, ni en indigenizar a México, sino en mexicanizar al indio. Respetando su sangre, captando su emoción, su cariño a la tierra y su inquebrantable tenacidad, se habrá enraizado más su sentimiento nacional y enriquecido con virtudes morales que fortalecerán al espíritu patrio, afirmando la personalidad de México.

Vemos que, a pesar del falso cariño y cuidado que se reserva a las poblaciones indígenas, el objetivo del estado es de neutralizar la “indigenidad” para que los indios se conviertan en verdaderos mejicanos y contribuyan a producir una ilusión de unidad nacional: ésta, de hecho, sería únicamente ficticia y no valorizaría la inmensa y extraordinaria variedad cultural presente en el país.

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En un discurso transcrito por el periodista Rolando Hanglin, Rodolfo Casamiquela, el antropólogo citado anteriormente, dijo que

“los descendientes (tehuelches) no estudian a sus antepasados, porque eso significaría leer a los blancos y hay una especie de rechazo, una negación, que es como hacerse trampa en el solitario de la vida”13Hanglin, 2014.

Tal ejemplo es otra evidente demonstración de que las poblaciones indígenas no siempre quieren aceptar las relaciones de parentesco que se han establecido a lo largo de la historia colonial, porque ésta es, la mayoría de las veces, portadora de destrucción, dolor y trastorno en la vida cotidiana de las poblaciones sometidas.

A final de su análisis Anderson llega a la conclusión de que las raíces del nacionalismo se encuentran consolidadas justo en el gobierno colonial español de Latinoamérica. Las reivindicaciones de independencia americana tuvieron como éxito la creación de realidades imaginadas como naciones-estado, instituciones republicanas, ciudadanías comunes, soberanía popular, banderas e himnos nacionales.

Pero la inmensidad del impero hispanoamericano y el aislamiento de los varios países hicieron muy difícil la imaginación de una simultaneidad y de una efectiva unión de los países, y esta fue la causa de la quiebra de la idea de un nacionalismo común en el Centro y en el Sur América.

 

Los nacionalismos europeos

Cronológicamente, nota Anderson, el final de los movimientos de liberación nacional americanos coincidió con el nacimiento de los nacionalismos europeos que, por lo tanto, se pueden considerar como consecuentes a los nacionalismos americanos.

El “descubrimiento” por parte de los europeos de poblaciones americanas, asiáticas y africanas había instaurado la idea de “pluralismo humano”, es decir la conciencia de la existencia de una multitud de modos de vivir, idiomas, culturas y organizaciones sociales diferentes de las europeas.

La consecuencia de este conocimiento fue que Europa se consideró como una civilización particular entre muchas, y esto llevó el primer nacionalismo europeo a adquirir una acepción populista, más fuerte que la de los nacionalismos americanos. Los nacionalismos europeos, como hemos visto, fueron caracterizados también por la importancia política e ideológica atribuida a los idiomas nacionales y por el concepto de nación como un ideal, un modelo al cual inspirarse para actuar la revolución nacionalista.

Esta noción de un modelo en el cual inspirarse me lleva a pensar al concepto de “tipo ideal” creado por el sociólogo alemán Max Weber (1864 – 1920), que no lo concibió como una representación exacta de la realidad sino como una utopía que se construye a través de la «acentuación unilateral de uno o varios puntos de vista y mediante la reunión de una gran cantidad de fenómenos individuales, difusos y discretos»14 Max Weber, Sobre la teoría de las ciencias sociales, en Pierre Bourdieu y Jean-Claude Passeron, El oficio del sociólogo, Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires, 2002, p.266 para formar un cuadro homogéneo de ideas utilizables como modelo.

Del mismo modo, los nacionalismos europeos han aspirado a una noción idealizada del concepto de nación, que los ha llevado a crear naciones con evidentes propósitos en común pero con características diferentes dependientes de las condiciones particulares de la nación misma.

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En parte relacionado con el concepto de tipo ideal de Weber, me parece muy interesante la reflexión que Anderson aporta sobre la posibilidad de pensar en algún fenómeno o acontecimiento del pasado atribuyéndole una definición o un concepto, pero esa definición o ese concepto puede haber sido creado en un periodo histórico posterior al fenómeno al cual se hace referencia.

El ejemplo que aporta Anderson del antiguo régimen me parece muy claro: hoy lo consideramos como clase social, pero la idea abstracta de “sociedad” solo ha sido concebida sucesivamente al periodo histórico del antiguo régimen.

También el historiador francés Marc Bloch (1886-1944), en su obra Apología de la Historia de 1949, avanza la idea de que la nomenclatura es una herramienta necesaria para que el análisis de un fenómeno pueda servirse de un lenguaje apropiado.

Pero también sostiene que los términos empleados en una época histórica para definir tal fenómeno pueden ser diferentes de los utilizados en épocas posteriores o anteriores. Según el historiador,

reproducir o calcar la terminología del pasado tiene que hacer frente a las problemáticas que surgen cuando los cambios en las cosas distan mucho de provocar siempre cambios paralelos en sus nombres, a menudo porque las transformaciones ocurren casi siempre con demasiada lentitud para que los hombres a quienes afectan las perciban.

La diferencia está en la “experiencia anterior” que el sujeto tiene de la cosa misma, que le permitirá entender qué es lo que se quiere decir cuando se hace referencia a esa determinada cosa.

 

Conclusión

Como escribe Anderson en la prefación al libro, sus aportaciones fueron influenciadas por los estudios de grandes pensadores como el filósofo alemán Walter Benjamin (1892 – 1940), el filólogo alemán Erich Auerbach (1892 – 1957) y el antropólogo escocés Victor Turner (1920 – 1983).

Después de la publicación de Comunidades imaginadas, se ha desarrollado una proliferación de estudios históricos, políticos, antropológicos, sociológicos, literarios, geográficos y feministas que han encontrado un punto de conexión entre sus temas y los conceptos de nación y nacionalismo en la versión que Anderson teorizó.

La importancia de las aportaciones de Anderson fue inolvidable: buscó profundamente los orígenes y los conceptos de nación y nacionalismo y se interrogó acerca de su relación con los símbolos y las categorías sociales, explicó fenómenos y eventos históricos con una cantidad grande y muy detallada de datos, dio inicio al «estudio de los imaginarios sociales, las formas culturales institucionalizadas de crear realidades y construir prácticas», «influyó en el movimiento constructivista y también contribuyó a corregir el arrollador eurocentrismo del campo»15Calhoun, 2016.

Además, los conceptos de nación y nacionalismo, pensados como producto de una construcción imaginaria, fueron relacionados a partir de este autor con la capacidad de movilización popular y de construcción de nuevas relaciones de poder.

Tratando el libro de naciones y nacionalismos, hubiera esperado encontrar reflexiones sobre acontecimientos históricos fundamentales cómo el nacionalismo fascista, el nazismo o el nacionalismo palestino, que han marcado indeleblemente la historia mundial del siglo XX.

Teorías sobre la construcción social de las identidades sociales ya habían sido aportadas por autores como el sociólogo americano George Herbert Mead (1863 – 1931), que en su libro Mind, Self and Society (1934) expuso su teoría de que el self es una construcción social, y la antropóloga americana Margaret Mead (1901 – 1978) que avanzó la teoría de la identidad de género como una construcción cultural.

Pero sobre todo hay que recordar al antropólogo interpretativista estadounidense Clifford Geertz (1926 – 2006) que se ocupó de la construcción de las identidades javanesa, balinesa y marroquí: como explicó en su libro Interpretación de Culturas (1973), el concepto de individuo, y consecuentemente de sociedad, se forma a través de la incorporación cultural de los valores y de las definiciones sociales acerca de lo que es el individuo y de como ha de actuar, y tal incorporación es tan enraizada en la construcción de la figura del actor social que no es escindible de él.

El mismo procedimiento ocurre en la construcción social de las naciones y de las nacionalidades: se estructuran culturalmente a lo largo del tiempo y poco a poco empiezan a formar parte de la construcción mental de la sociedad por parte de los individuos, en un mecanismo principalmente inconsciente.
Nosotros y los “otros”, todos somos cultura.

 

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Bibliografia:

  • Anderson Benedict, 2016, A Life Beyond Boundaries, Editor Verso;
  • Anderson Benedict, 2018, Comunità immaginate, Laterza, Bari;
  • Bloch Marc, 1998, Apología de la Historia;
  • Calhoun Craig, 2016, La importancia de Comunidades imaginadas y de Benedict Anderson,
    London School of Economics and Political Science;
  • D’Eramo Marco, 2018, Benedict Anderson: uno sguardo che ti spiazza, prefación a la versión
    italiana de Comunità immaginate, Laterza, Bari;
  • Hanglin Rolando, 2014, ¿Quiénes son los mapuches?, Editorial La nación, Argentina, 16
    septiembre;
  • Weber Max, 2002, Sobre la teoría de las ciencias sociales, en Bourdieu Pierre y Passeron JeanClaude, El oficio del sociólogo, Siglo Veintiuno Editores Argentina, Buenos Aires.