Muerte y cultura. La tanatología desde un enfoque antropológico: El alma errante en el sur del mundo

De carácter eclético, este artículo intenta considerar el abordaje acerca del estudio de la muerte más allá de las numerosas publicaciones hasta ahora divulgadas, proponiendo, pues, a la antropología como la ciencia desde donde pueda efectuarse el análisis tanatológico en un enfoque sincrético hacia el emblemático culto a la muerte, o digamos, en el caso que nos compete, a la vida.

Ahora bien, si al antropólogo contemporáneo se le pide analizar todo lo que el hombre es, lo que dice y lo que hace en relación con los demás, pues, dentro de todo su ser-decir-hacer, la muerte representa un evento a él muy cercano, por lo cual, a pesar de su irresolución, no puede desvincularse de su cotidianeidad.

Empero – y sobre todo por dicha razón – desde el principio de los siglos el ser humano tiende a exorcizarla desarrollando una serie de prácticas que desencadenan a la vez un alejamiento y acercamiento no sólo de la del otro sino también de uno mismo.

Cierto es que la manera en que el hombre se enfrenta a este fenómeno natural está estrechamente vinculando y condicionado por las singulares formas de vivir, de pensar y de concebir la realidad cósmica que constituyen una determinada cultura individual y colectiva, aunque – de forma muy general – puede confirmarse que la tendencia humana de reaccionar delante de la muerte parece ser la de su constante negación.

Vivir el proceso de muerte, ponerse de forma consciente delante de su evidencia es un acontecimiento tan perturbador que parece se prefiera “olvidarla” en lugar de aceptarla como tal.

Efectivamente, a la hora de enfrentarse al así llamado mundo externo del más allá, la vida del hombre siempre ha sido regulada por estrategias simbólico -culturales.

Se trata de mecanismos de defensa, transformados en costumbre y tradiciones, que toda sociedad elabora en una evidente refutación de la muerte, considerándola en última instancia como algo no natural, en donde, para que esta ocurra debería intervenir algún agente externo. Una elaboración muy ingenua esta, por la cual, si fuese posible evitar dichas fuerzas externas, se podría vencer a la muerte y obtener la inmortalidad.

No olvidémonos que es debido a la muerte que han surgidos las religiones y los consiguientes cultos cuya finalidad es justo darle sentido a la vida para asegurarle luego una eterna existencia al alma. Vida y muerte así se representan a menudo mediante la dualidad alma-cuerpo, permitiendo acercarse a la muerte en una mera estrategia para garantizar una cierta continuidad a la existencia, ya que, por lo visto, a nivel cognitivo resulta imposible comprender el suceso que lleva a la disociación del “yo” en un nada que no se conozca.

La no – existencia como tal, pues, sólo está experimentada por el hombre a través de la muerte de los demás, así que el culto a los difuntos se vuelve el mecanismo de comunicación por excelencia con la vida metafísica. A través de la concepción dual cuerpo-alma (o almas), éste tendrá asegurada, al dejar la dimensión material, su perduración en un plano metafísico.

Ciertos conceptos abstractos no pueden ser investigados directamente entre los pueblos que no pueden exponerlos mejor sino a través de sus mismos ceremoniales. Para estudiarlos deberíamos quizás recurrir, entonces, a métodos más indirectos a través del relativismo y/o del sincretismo cultural que pueden poner a confronto “nuestro” ser espiritual con el suyo.

Todas las culturas tienen actitudes rituales ante la muerte, una propia manera de conceptualizarla y aceptarla socialmente. Particularmente, algunos pueblos indígenas latinoamericanos cuentan con una riqueza cultural alrededor de la muerte diferentemente ritualizada respecto de otras sociedades.

Analizando diversas creencias indígenas relativas al conceptos de enfermedad, muerte y vida, es posible llegar en este modo a una percepción bastante transversal de sus ideas relativas al ser espiritual del hombre.

Resulta que numerosos pueblos suramericanos poseen al respecto conceptos bastante distante de la conciencia occidental de que haya una sola unidad espiritual.

Lejos de cualquier influencia budista, la mayoría de estas comunidades mantiene la creencia de su partición en múltiples propiedades dentro de un mismo cuerpo en donde albergarían entidades naturales que, al momento de la muerte, irían separándose.

La muerte ritual y las manifestaciones funerarios se convierten por lo tanto en el último rito de paso para asegurar al ser mortal el perpetuarse en el mundo infrahumano a través de la memoria, celebraciones y monumentos mortuorios.

Así mismo, no es correcto considerar a la muerte como un fenómeno que ocurre en un instante dado, sino que a esta la reviste un proceso en el que se suceden no una sino muchas muertes que no se concluyen con el fenómeno mismo ni con la transformación del cuerpo en cadáver. Al revés, es el cadáver que cumple con el papel simbólico de comunicación entre cuerpo y alma, entre el más allá y el más acá.

Como resultado del sincretismo indio y cristiano, emblemático el culto a los ancestros de aquella que fue durante siglos la lúgubre y gótica danza Macabra y que se convierte en una manifestación burlesca de la sociedad, culminando de forma ejemplificadora en la celebración a la Santa muerte que tiene lugar todos los años el 2 de noviembre.

Al evocar la muerte, el símbolo por excelencia un cadáver vivo: huesos blancos y limpios que simbolizaran el fin de la corrupción de la carne. Actualmente, a pesar de los miles y miles kilómetros de latitud existen en el mundo diversas ritualidades a la muerte que tienen que ver con la celebración directa de carabelas.

¡Y no hablamos solo de México!

El punto de partida para llevar adelante este argumento está vinculado fundamentalmente con el estudio del culto a las ñatitas en la ciudad de la Paz, Bolivia, cuya ritualidad se celebra cada año el día 8 de noviembre. Despiadada y sorprendente, espiritual y pagana en un momento, a una semana de Todos los Santos, se celebran trasmano a las ñatitas, cráneos humanos de poder milagroso (ñato aludiría a la nariz reducida a hueso, como la de los cráneos), en donde el huésped principal es la misma muerte.

Se trata de un culto prehispánico que sigue en la actualidad contra todo intento globalizador. Cada año reúne miles y miles de personas que quieren visitar y exponer su propia calavera.

Pero ¿de dónde saldrán estos restos? La gente del lugar, así como el personal de los cementerios, han explicado en muchas ocasiones que las ñatitas pertenecerían a personan olvidadas y sepulcros “de nadie”, cuando no pertenezcan a familias que se pasan los cráneos de sus difuntos de generación en generación y que en esta ocasión sacan de las urnas para salir de casa adornadas a fiesta.

«Ellas nos protegen, tienen un cuartito en la casa», afirman las familias.

Lo que confiere particular especialidad a estos cráneos a diferencia de los demás difuntos es la muerte trágica que el destino le puso delante. Todas las ñatitas perteneces a personas fallecidas por accidentes o acontecimientos dramáticos por lo cual su alma – la que se queda con las ñatitas (Ajayu) – sigue caminando en la tierra pidiendo que se le ore por sus penas, restituyendo protección y otros favores en cambio. Ellas comunican a las familias a través de sueños, hacen ruidos si no se le cuida o si se le ignora así que en lugar de suerte pueden también traer desgracias.

«Más vivas que los vivos!» grita la gente.

Esta antigua manifestación ritual engarce sus raíces en un sincretismo cultural muy particular que junta, a pesar del escaso desarrollo literario, muchos pueblos a distancia de millones de kilómetros.

Hablamos ya de la ciudad de Nápoles, de sus rincones milagrosos, en que pueden cruzarse con sus curiosas capillas, las conocidas “grotte” de las almas del purgatorio. A su interior la escena que se representa es siempre la misma: almas rodeadas de fuegos, suplicando a brazos abiertos que se le dedique unas oraciones por su damnación, la que en napolitano es definida “refresco”, o sea una forma de alivio de las penas infligídsela por el calor del fuego ardiente.

¿Qué se esconde detrás de este culto? ¿Qué relación hay con las tradiciones de Sudamérica?

El culto a los ancestros es algo que en Nápoles no tiene fecha inicial, sin embargo, fue esencialmente al final del siglo XV que iba desarrollándose definitivamente la idea de las almas purgantes cuya necesidad dependía de dichos “alivios” por los cuales, a cambio de las oraciones de la gente, estas podrían intercambiar a través gracias y favores.

La entera ciudad es sumergida por una larga necrópolis del siglo IV-II A.C, de sarcófagos esculpidos y pintados, catacumbas del siglo V como la de San Gennaro en donde siguen todavía teniendo lugar rituales paganos. Entre el siglo XV y XVI las cavas del “Rione Sanità” fueron destinadas a acoger todos los huesos comunes de las víctimas que la epidemia de Peste había provocado en 1656 y del cólera después en 1836, diviniendo el punto más grande de recopilación de restos.

Fue en este contexto que explotó el culto a las almas purgantes, o sea, a las “Pezzentelle” (del latín petere, pedir). Las graves epidemia no permitían tener una relación directa con el propio difunto, así que pues, le pezzentelle vinieron a sustituir a este vacío simbólico y culturalmente.

El culto del anónimo devino el culto al ancestro perdido en cuanto reconocido como el fallecido de la familia. Sucesivamente, un importante revival de este culto desembarcó también durante lo años de la segunda guerra mundial cuando los cuerpos desaparecidos eran millones y las mujeres no tenían manera de ofrecerle sepultura a sus hombres.

Empieza aquí el hábito de adoptar a un alma purgante para sustituir el doble dolor de la perdida. Exactamente como por las ñatitas, la tradición dice que es el alma misma que aparece en sueno al fiel elegido, indicándole donde encontrar sus restos, es decir la capuzzellla (cabeza), su cráneo.

Elemento básico es el sueño, el medio con el cual comunicar con los difuntos. La demanda de las almas siempre la misma, todas necesitan del “refresco”. Surge el culto de los primeros refrigerium, que tiene que ver con la limpieza de la calavera, secarle el “sudor” y ponerla en una cajita de madera o de cristal, según el capital económico de la familia adoptiva.

Los lugares de cultos casi siempre son iglesias situadas en el centro antiguo de la ciudad partenopea, Maria Santissima del Carmine, Santa Maria delle Anime del Purgatorio ad Arco, Santa Croce in Purgatorio, pero es sobre todo en el cementerio de Fontanelle en el ya citado rione Sanità que siguen practicándose hoy en día la mayoría de los cultos a las capuzzelle.

El cementerio es en realidad una cueva de tufo, acoge más que 40.000 restos de cuerpos humanos, ordenadamente posicionados uno tras el otro. Todos los cráneos son anónimos menos dos los cuales han sido reconocidos como el Conte Filippo Carafa y Donna Margherita.

Precisamente es esta anonimidad que ha permitido el desarrollarse del culto al alma pezzentella, un puente entre aquí y allá, eterna conexión entre el mundo de los vivos y lo de los muertos además que vincular así dos países del sur del mundo en una estrecha y particular relación casi por completo desconocida.

Hemos intentado ofrecer un panorama general de la importancia de la muerte para el ser humano y por lo tanto para el estudio antropológico. Tanatología no es solo atender al moribundo, al duelo y al luto. Más que todo significa comprender a la vida para entender a la muerte.

Significa también darle un lugar en el espacio y en el tempo, es restituirle su lugar, su sentido. Ritualizar la muerte consiste en apropiarse de ella porqué surge de nosotros sin que la conozcamos.

Puedo justificarme y lo haré, diciendo que la muerte no es simplemente el fin del ciclo ontogénico. El hombre es, por encima de su biología, cultura, una piedra angular que mueve tanto la existencia como la no-existencia. De aquí la importancia de la antropología.

La muerte como la vida constituyen los rasgos más humanos, por eso más culturales del antropos que nos hace distinguir por actitudes y creencias del resto de los seres vivos. 

Esta reflexión antropológica no pretende entender a la muerte, solo observarla en relación con la vida, en cuanto estrategia simbólica que regula relaciones entre personas y culturas. Los ritos aludidos ofrecen el testimonio de que en todas las culturas ha existido una pugna entre la vida y la muerte, de ahí que los rituales funerarios pueden considerarse como el mero reflejo de la dicotómica relación entre ambos conceptos.

Sobre todo, a pesar del hecho de que la muerte se reúna en un proceso que va más allá de la vida, esta asume valoraciones socioculturales que ofrecen respuesta propia a lo que no se puede explicar, conformándose al personal imaginario humano que desde siempre ha determinado la visión del mundo de cada cultura.

Es decir, los rituales a la muerte representan la vida misma en la que mito y rito se articulan para establecer vínculos y regular las relaciones entre personas y su cultura.

Bajo esta postura observamos entonces como la ritualidad surge en principio como práctica socio simbólica cuyo objeto no es tanto darle explicación al fenómeno de la muerte sino crear y reunir a una determinada sociedad frente al mismo encontrándole un sentido común.

Ya para concluir, si bien el hecho de morir pertenece al recurrido vital, es un acontecimiento que no es tan opuesto a la vida misma. Sea cual sea la forma bajo la cual se presenta en la vida, la muerte no deja de ser omnipresente.

 

 

Foto in copertina: Cementerio de Fontanelle, Nápoles ©All right reserved

 

Referencias bibliográficas:

Aja Sánchez, J. R. “La aceptación trascendente del refrigerium cristiano:entre el agua y el infernó”. Universidad de Cantabria

Fernández, J. G. “Ñatitas, «almas» y «condenados». Trasiego de osamentas en los Andes, siglos XVI-XXI”. Universidad de Castilla-La Mancha

Morales, M. E. “Ente vivos y muertos. El alma como objeto de análisis”

(Preliminar 1): https://es.scribd.com/document/72147577/ENTRE-VIVOS-Y-MUERTOS-EL-ALMA-COMO-OBJETO-DE-ANALISIS

Reyes, R. C. “Historia actual del culto a la Santa muerte”. El cotidiano, núm. 169,2011,pp.51-57. Universidad autónoma metropolitana Unidad Azcapotzalco: Distrito Federal, México

 

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