Lucha libre en México: el juego de las partes

Un artículo de
Alessandro Romaniello
Ludovica Scarpa
Ilaria Depari

 

Metodología, objetivo y momentos del trabajo

Nuestra metodología de investigación se ha basado en la observación y en la participación con la prioridad de entrar en contacto con las personas, pues son los actores de sus mismas manifestaciones culturales. En fecha 21.09.2018 hemos entrevistado Lola la Rebelde, ex-luchadora y actualmente entrenadora en el Deportivo Morelos del barrio de Tepito, en la Ciudad de México. En fecha 04.10.2018 hemos participado a las celebraciones de la fiesta de San Antonio de Padua, santo patrón del barrio de Tepito, en la que tuvimos la oportunidad de entrevistar el luchador Payasito Luchín y el luchador exótico Jeriko, después de un encuentro de lucha libre.

 

¿Qué es la Lucha Libre?

Como explicaremos a lo largo de la presente investigación, la lucha libre es un deporte que pertenece a la cultura popular mexicana, siendo considerado importante por personas de diferentes clases sociales. «Va gente de barrio y va gente de dinero a ver las luchas», nos dijo el Payasito Luchín. Es un momento de esfogue, en lo cual el público en parte olvida sus problemas, en parte los expresa en este contexto a través de gritos hacia los luchadores.

La lucha libre es una pelea sobre un espacio delimitado en forma de cuadrilátero o ring como el del box. Es un deporte de contacto, en el cual, aunque son válidas las patadas y golpes con manos y cabeza, lo característico son las llaves y contrallaves que tienen su base en la lucha greco-romana y el judo, a lo cual se ha añadido un conjunto de acciones que aprovechan las cuerdas y los postes del ring para impulsarse a sí mismos o a los rivales. Se gana al colocar la espalda del oponente sobre la lona durante tres segundos o cuando se rinde, según determine el árbitro (dos de tres veces en México y una sola vez en Estados Unidos). Pueden confrontarse individuos, parejas, tercias o cuartetos de distintos pesos, y las categorías son hombres y mujeres, aunque en México hay una más, la de minis (enanos o gente de baja estatura)[1].

Sin embargo la lucha libre es una parte importante de la cultura popular mexicana a pesar de que no nació como algo propiamente mexicano. De hecho, la lucha libre provino de Europa, según consigna el Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL) en su sitio Internet[2]. Los antecedentes de la lucha libre mexicana se remontan hacia 1863, durante la Intervención francesa en México. Enrique Ugartechea, primer luchador mexicano, desarrolló e inventó la lucha libre mexicana a partir de la lucha greco-romana. En 1910 el italiano Giovanni Relesevitch ingresa a México con su empresa, que es una compañía teatral. Al mismo tiempo, Antonio Fournier trae el Teatro Colón, a cuyas filas pertenecen tal vez los primeros luchadores, Conde Komay Nabutaka.

Además, «la participación de luchadores extranjeros provenientes de Europa, Estados Unidos y Japón siempre ha sido importante en México, porque la afición gusta ver a sus ídolos vencer en gestas que parecen imposibles y refuerza su identidad nacional en la evidencia empírica de la superioridad del mexicano sobre representantes de naciones poderosas, como cuando en 1984 Canek, el Príncipe Maya, derrotó al francés André El Gigante, una mole de 225 kg y 2.23 m de estatura. La afición atribuye esta victoria no tanto a las calidades del luchador si no al ingenio mexicano, a la picardía mexicana.»[3]

 

¿Porque la lucha libre ha tenido tanto éxito en México?

Como hemos dicho antes, la afición mexicana se identifica con los luchadores y la lucha libre que son una trasposición de la identidad mexicana y de sus sueños. Es por esto que en la lucha libre mexicana hay dos tipologías de luchadores: rudos y técnicos. Los primeros coinciden con los “malos”, luchadores que hacen trampas y no respetan las reglas; los segundos son los “buenos”, luchadores que siguen las reglas y respetan los enemigos. Cada lucha es más o menos previsible: el luchador técnico, el bueno, el justo, el héroe, sufre y generalmente gana al sobreponerse a la deslealtad combativa del oponente y a otras adversidades; en contraparte, el rudo, el malo, el antihéroe, solo puede ganar por medio de la trampa o de la traición de un tercero en perjuicio de su antagonista.

Pero, a pesar de que el público ya sabe cómo acabará la lucha, nadie abandona la arena, más bien el público que asiste a la lucha libre siente que participa activamente y que puede contribuir a decidir el resultado por medio de sus gritos de apoyo a unos y de repudio a otros. La lucha libre es también un momento de ocio para los mexicanos así que la asistencia a la lucha, según explican los sociólogos Elías y Dunning respecto a la búsqueda de la emoción en el ocio, es una ocasión que permite «experimentar el desbordamiento de las emociones fuertes en público»[4] sin perturbar el orden social; y como acto mimético permite experimentar emociones de la vida real como miedo, compasión y odio, de un modo que se disfruta porque «no entraña social ni personalmente peligro alguno y puede tener un efecto catártico».[5]

La arena es por cierto un espacio de catarsis donde todos los mexicanos pueden insultar el más fuerte, el más poderoso, el más importante, sin tener problemas, cuando por lo general son ellos que sufren el maltrato. Es como si la lucha libre fuera un momento de libración, una válvula de escape, un momento en lo cual los mexicanos dejan de lado todos los problemas, disfrutan del espectáculo, sintiéndose parte fuerte de la sociedad.

 

La máscara como identidad

Hablar de lucha libre mexicana no sólo significa hablar de la pelea entre luchadores, sino también hablar de los elementos que la caracterizan, entre ellos la máscara. El utilizo de máscaras no es algo que ha sido inventado por la lucha libre, al contrario es algo que a lo largo de las épocas siempre ha tenido un papel muy importante en la sociedad: por ejemplo, las máscaras utilizadas en los rituales precolombinos y las máscaras utilizadas en el teatro griego y japonés. Llevar una máscara entonces significa adoptar una diferente identidad y, al mismo tiempo, proteger la verdadera identidad de quien la lleva.

En la Lucha Libre en México, este elemento tiene doble significado: protege sí la identidad del luchador permitiendo que éste se aleje de la realidad, pero al mismo tiempo permite una transfiguración heróica. Cada luchador elige con atención su máscara, desde los diseños hasta el color, y todo debe de tener un sentido muy importante para él y su personaje, y al mismo tiempo por la cultura popular. Es por eso que, en una lucha máscara contra máscara, el vencido la mayoría de las veces o cambia personaje o deja la lucha profesional: perder la máscara significa perder el personaje. En la actualidad el utilizo de la máscara está perdiendo el valor que tenía antes, porque llevar una máscara no es sinónimo de fama. Es una cuestión de reconocimiento del valor de la máscara y, porque no, de respeto a esta joya deportiva que ha sido siempre fundamental para las leyendas del pancracio mexicano, tanto que los seguidores más puristas piensan que las nuevas generaciones no respetan este elemento como deberían.

 

 

Un encuentro en el box (foto propia)

 

Una mujer luchadora: Dolores Morelos Gonzalez – Lola la Rebelde de Tepito

El primer impacto de Dolores con la lucha libre fue cuando era muy pequeña e iba con su hermano y sus padres a ver las funciones, los eventos de lucha. Los eventos a los cuales asistía eran siempre formados para hombres pero cuando se enteró, preguntando e informándose, de que había también lucha de mujeres, quiso inmediatamente inscribirse a clases con los hermanos. Dolores tenía aproximadamente 22 años (en el 1984) cuando empezó con la lucha; antes de esto siempre había tenido una relación muy estrecha con el deporte: entrenó patinaje desde cuando tenía 14 años.

Con el tiempo sus hermanos no quisieron seguir luchando, les gustaba más el fútbol, pero ella siguió entrenándose y aprendiendo a combatir. Su primer profesor fue Panchito Villalobos, y él que la sacó a luchar fue Panchito Zapata; la entrenaron también maestros como Chico Hernández, Arturo Bellistain y Rai Mendoza (él que fue su grande ídolo, le hizo el examen técnico y la formó para ser luchadora profesional). Empezó a combatir por toda la periferia del Distrito Federal, en toda la nación y viajó mucho por América donde por todas partes habían eventos de lucha (Guatemala, Salvador, USA, etc.). Comenzó también a ser profesora de este deporte y al principio daba clases en Cancún y en Quintana Roo, y llegó hasta a entrenar a los policías. Después Lola regresó para la capital y comenzó a entrenarse en la Arena México, aunque allá, decía ella, «no había gente, y yo no quería luchar para las butacas». Entonces no vio sentido en el «entrenarse, desvelarse y a lo mejor malpasarse» en este lugar, y dejó la arena.

Para ser una luchadora o un luchador de la Arena México tenías que hacer mucho esfuerzo físico, tener un régimen de vida muy restringido (por ejemplo nunca tomar) y consumir vitaminas, y para Lola fue algo imposible de aguantar: «Tanto esfuerzo y voy a luchar para nadie?» Dolores sigue entrenando, organizando luchas, practicando este deporte en la periferia, y se dedica a ser una luchadora independiente; dejó de ser una profesional combatiente hace dos años porque «hay nueva gente y nuevos valores que son muy preciosos y hay que respetarlos y darles espacio. La lucha libre es todo para mí, mi familia, mi casa, mi trabajo, entonces pues entendí que era el momento para dejar el lugar a estos nuevos valores, a estas nuevas personas».

Ahora, la que fue Lola la Rebelde entrena desde 16 años en el deportivo Morelos del barrio de Tepito, en la Ciudad de México. «Aquí se aplica lo que es lo básico, las condiciones, y en seguida se dan clases de lo que es la lucha olímpica, la lucha a ras de lona, tal vez les agrega también la lucha greco-romana y la lucha profesional que es la libre, la que lleva lances».
Dolores se dedica a instruir personas desde los 10 hasta los 50 años de edad, mujeres y hombres. El único presupuesto necesario para ser su aprendiz es tener la actitud y demostrar que se quiere aprender la lucha libre. «Cuando las mamás me traen sus hijos yo siempre les pregunto si tienen ganas de aprender o los están obligando a practicar este deporte. Si los obligan yo prefiero no darles clases porque sino se van a lastimar».

Lola cuando luchaba usaba una máscara que «era muy bonita» (nos enseñó el diseño con orgullo), y era conocida como Lola la Rebelde de Tepito. Luego nos comentó que muchas luchadoras actuales tomaron el nombre de rebeldes, que «no sé de dónde salieron pero familiares míos no son», añadió en manera sarcástica Dolores. Con la máscara ella se sentía bien, le gustaba mucho llevarla y más le encantaba el hecho de que nadie podía saber quién se ocultaba detrás de este objeto. La relación entre Lola y su público siempre fue óptima: «La gente siempre me aceptó porque yo nunca me permití ofenderlos y también porque tengo la voz muy delgada y eso no me deja la oportunidad de gritar». Las funciones de lucha libre son espacios de desfogue (gritos de incitación o de menosprecio) tanto por los luchadores como por el público. «Si vas estresado le dices algo feo a su madre (refiriéndose al luchador) y él te la regresa, entonces ya pueden desahogarse los dos. Pero cuando es tu ídolo a lo mejor aplaudes, le echas besos, le dices cosas bonitas».

 

 

Tepito y el deportivo Morelos

Cuando Lola empezó a ser profesora de lucha en el deportivo Morelos, ubicado en calle Rivero 21, la gente ni sabía de la existencia de este lugar. «Hace 16 años la comunidad del barrio estaba enganchada con el fútbol, todos iban al Maracaná (otro deportivo que se encuentra en Tepito) a ver los partidos y casi no conocían nuestro deportivo». Hoy en día el deportivo Morelos forma parte importante de la cultura tepiteña; la mayoría de la gente entrena o manda a entrenar a sus hijos allí. Esto es debido al hecho de que los maestros del gimnasio hace años empezaron a salir a la calle y a ganar aficionados. Como nos contó Dolores, «nosotros organizábamos eventos de lucha en el mercado, en las calles de la comunidad del barrio de Tepito. Entonces ya la gente empezó a venir, a tocar el tema y a platicarlo también conmigo». Actualmente la gente que vive este deportivo de manera diaria se organiza al fin de proponer eventos de lucha en los dos días más importantes por el barrio de Tepito: el 4 y el 14 de octubre, la celebración de San Francisco de Asís y el día del Mercado, respectivamente.

 

Cuestión de género en la lucha libre

La lucha libre nació como deporte exclusivo de los hombres; no obstante hayan ejemplos de luchadoras que resalen incluso a los años ‘30, fue solamente a partir de los años ‘80 que esta disciplina empezó a radicalizarse entre las mujeres. En el curso de su historia la lucha libre ha siempre sido un deporte muy machista: no era permitido a las mujeres combatir en las arenas más prestigiosas de México y no eran libres de entrenarse donde querían juntas a los hombres. A las pioneras de la lucha libre mexicana costó mucho trabajo y mucho esfuerzo emancipar el rol de mujer en este deporte, aunque todavía pocos años atrás entre las sucesoras se encontraba discriminación y represión: «Cuando yo llegué, en los deportivos de la Ciudad de México estaba prohibido entrenar lucha entre las mujeres, no nos dejaban combatir libremente en un gimnasio. Nosotras no podíamos entrar por la puerta principal, teníamos que pasar por la entrada posterior, era una puerta muy pequeña y por allí entrábamos directamente al ring. Tampoco teníamos derecho a bañarnos en los gimnasios».

Hoy en día la figura de la mujer en la lucha libre no está todavía desarrollada tanto cuanto la de los hombres, aunque ahora el papel de las luchadoras tiene más respeto entre el público, y poco a poco se nota el incremento de las transmisiones de funciones femeninas en la televisión. Según Lola la falta de respeto contra las mujeres «se destruye sensibilizando a los jóvenes y el primer paso se constituye a través del entrenamiento». En un barrio difícil como él de Tepito, se les pide y se les enseña a los alumnos a respetar las mujeres arriba del ring, y eso es necesario porque muchas veces los chicos «no lo traen de sus casas y a lo mejor no les dan valores ni principios en sus familias». «Hay que enseñarles que deben de respetar a una chica arriba del cuadrilátero, como tienen que agarrarla, como tienen que cargarla y soltarla, porque la lucha libre es un deporte de contacto».

 


Experiencia de un encuentro de Lucha Libre

En fecha 04.10.2018 hemos participado a las celebraciones de la fiesta patronal de San Antonio de Padua en el barrio de Tepito en la Ciudad de México. Hemos pasado todo el día en el renombrado deportivo informalmente conocido como “Maracaná”, lo cual representa un ícono y un punto de referencia por todo el barrio, y sobre todo en esta ocasión. El Maracaná estaba lleno de gente desde cuando llegamos. No obstante los varios eventos en programa por este día todavía no habían empezado, la participación y entusiasmo de todos se podía percibir en la piel e iba aumentando en un creciendo de emoción al transcurrir de la jornada y de los varios juegos deportivos, hasta culminar en el partido de fútbol de las Gardenias, un equipo formado por jugadores transexuales, que se ha vuelto en una recurrencia arraigada que se repite cada año en ocasión de la festividad de San Antonio de Padua. Las gradas fueron ocupadas de inmediato por el público apasionado desde mucho antes que el partido iniciara.

El encuentro de lucha libre siguió él de box, constituyendo el segundo evento del día. Antes de todo es importante señalar que la experiencia que vivimos fue la de una “pelea de barrio”, entonces tuvo características que pueden diferir mucho de las de un encuentro oficial en una arena. El ring fue montado en una esquina del campo de fútbol y era protegido por una carpa bastante precaria que tenía la función de bloquear los fuertes rayos del sol, para que no molestaran a los atletas. Después de haberse tardado unos 45 minutos para arreglarla, sirvió sólo durante la precedente competición de box, pues tuvieron que quitarla en ocasión de la lucha libre para permitir a los luchadores de subirse a las cuerdas del perímetro y hacer sus saltos y acrobacias.

La lucha está casi a empezar y los organizadores, viéndonos con las cámaras fotográficas, nos dan permiso de quedarnos entre el ring y las barreras que delimitaban al público, dejándonos así en primera fila con la posibilidad de disfrutar al máximo del espectáculo, y recomendándonos, no obstante, de tener cuidado porque «nuestro espacio» pudiera ser invadido por los luchadores durante la furia de la lucha. Apenas el primer cuarteto empieza el combate, luego nos damos cuenta de la real peligrosidad de nuestra posición, no sabiendo quien era de temer más entre el público gritón y los luchadores. Ambos el calor de los espectadores y la habilidad de los atletas iban intensificándose durante los tres encuentros que se llevaron a cabo.

En nuestra opinión, lo más significativo de esta manifestación cultural y que más nos impresionó fue precisamente esta relación e interacción entre público y luchadores. El primero, sin diferenciación alguna entre hombres, niños y mujeres, iba gritando insultos a los contendientes que no les agradaban, apoyando, por el contrario, sus favoritos. Es interesante notar como estas preferencias eran manifestadas bastante por unanimidad, como si la competición fuera orientada voluntariamente con el propósito de favorecer unos en vez de otros, pues también los luchadores parecían complacer las voluntades del público, manteniendo siempre activo el diálogo entre ellos y la gente. De hecho, éste fue sin dudas el segundo aspecto que sobresaltó: la ficción. Todo el encuentro fue espectacular, construido y orientado.

Como hemos anticipado más arriba, este doble sentimiento y frenesí iba incrementando, y hubo una explosión en ocasión del encuentro final, cuando salieron al escenario dos luchadores exóticos. Los gritos alcanzaron el clímax y, no obstante las explícitas ofensas con connotaciones sexuales, siempre permaneció una atmósfera de alegría y nunca se bajó el incitamiento del grupo. Los únicos sorprendidos éramos nosotros.

 

 

La carrera del Payasito Luchín

El Payasito Luchín tiene 47 años y empezó a luchar en Guadalajara, Jalisco, en la Arena Coliseo, hace 25 años. Su pasión por la lucha nació desde cuando era niño porque veía las luchas en la televisión y en las películas sobre los luchadores famosos de la época: «México es un país culturalmente luchador. Nací viendo lucha y desde el principio sabía que iba a ser luchador.»

Sus luchadores favoritos son El Rayo de Jalisco, El Oro y El Felino, y fueron su gran inspiración para la lucha. Generalmente la carrera de un luchador es muy variada y llena de transiciones, pues el personaje con lo cual debutas difícilmente queda lo mismo en los años. El Payasito Luchín empezó como exótico y se llamaba La Violeta, pero no gustó al público y entonces se cambió antes a Piraña y luego a Anguila, dejando la categoría de exótico, y fue bajo este último nombre que debutó profesionalmente en la Arena Coliseo de Guadalajara. El proceso de profesionalización de un luchador debe de contar con el apoyo del público, más bien, y sobre todo al principio, con él de tu barrio. «La verdad es que es un proceso largo – nos comentó el luchador -, en un año no lo aprendes y la lucha libre evoluciona, nunca dejas de aprender.»

 

 

El Payasito (foto propia)

 

Nos explicó un poco como evolucionó la lucha en las últimas décadas:

«Los castigos de ahorita no existían hace diez años. Antes era un poquito más cuerpo-cuerpo, rudo-rudo, o sea la típica lucha de hombre contra hombre y a ver quién era el mejor en cuestión de fuerza, de maña. Ahorita no, la lucha evolucionó tanto que tu ves que hay muchas cosas ya y México tiene un gran nivel en eso. Lo que nosotros decimos es que es mucha lucha aérea y utilizamos más el juego de cuerdas, nos subimos arriba del ring, hacemos más cosas que en otros países. Pero eso en base a una evolución que ha habido, porque te digo, hace diez años apenas se inventaron un mortal, hace veinte años ni quien se inventara un mortal. Esto va evolucionando».

«Los luchadores de ahora, los morritos, que tengan un año o dos años luchando, no saben muchas cosas que de antaño, entiendes? Como la cavernícola: me tocó un entrenamiento en que ni sabían esta llave. Y tú dices ‘Como?! O sea, es una llave clásica.’ Y no la sabían.», nos contó con sorpresa.

Como evoluciona la lucha, también evolucionan los personajes. Y es así, después de haber ganado bastante fama en la Arena Coliseo, que la empresa por la cual trabajaba lo promovió cambiándole el nombre a Galaxy. No obstante, en este papel perdió su máscara luchando contra Macabre. «Pero ya sin máscara como que agarré más auge, a la gente le gustó más verme sin máscara», confesó.

Todo iba bien en la Arena Coliseo, que hizo un muy buen cartel en estos años, hasta que hubo un problema con una persona que pusieron a cargo y nuestro entrevistado decidió salirse. «Pero poquito antes de salirme me dieron el nombre de Payasito Luchín que es él con el que actualmente ando, lo ando moviendo. Es un personaje. Todos arriba del ring, te das cuenta, somos un personaje, lo representamos arriba de un ring. Y ahí haces tu personaje con ciertas características, por ejemplo en mi caso es un payaso, entonces yo trato de representar mi personaje, de hacer la lucha un poquito más amena».

La idea de crear este personaje fue suya. La necesidad del promotor de cambiarle de personaje, al principio lo desilusionó, pues había trabajado duramente para ganar fama en calidad de su último personaje y eso significaba volver a empezar de cero, pero luego se convenció que este cambio podía beneficiarle. «Yo sabía que luchadores payasos no habían muchos, eran contados, y le propuse la idea, le gustó y él me puso el nombre de Luchín, Luchín por “lucha”. Pues ahí empezamos a mover el personaje y a mí me agradó, y a parte fue idea mía. Entonces me agradó el personaje en si, pues lo empezamos a trabajar y resultó bien».

 

 

La relación con el público

Como ya hemos dicho, nuestro entrevistado nos repitió que la relación con el público es muy importante por un luchador. «El personaje tiene que pegar con la gente. Si no pega el personaje con la gente, pues, va a ser un luchador mediocre. A fin de cuentas de eso se trata: de que la gente te agarre». Cuando perteneces a una empresa como tal eres como cualquier trabajador, lo que le importa a la empresa es que un luchador mueva dinero, que traiga gente al espectáculo, «es un negocio», según el Payasito.

Ahora él entrena con Lola pero también con otros maestros porque se siente enriquecido al conocer diferentes perspectivas, y anda de independiente, eso quiere decir que se podría cambiar de personaje en cualquier momento sin problemas, aunque ahora se sienta cómodo con éste. «Pero realmente uno como luchador se tiene que ganar su trabajo, no depende de nadie, y menos de independiente. De independiente hay más facilidades que te salga más trabajo, pues el promotor te va a contactar directamente si tienes un buen cartel con la gente».

 

 

¿La lucha libre es machista todavía?

Hace seis años el Paysito Luchín se mudó a Ciudad de México con su ex que también era luchadora y la apoyaba muchísimo dandole consejos y acompañandola a las luchas.
Él nos platicó que ahora el machismo en este deporte ha bajado y cualquier mujer puede ser luchadora, mientras en los ochenta las mujeres vivieron situaciones complicadas.
Afirmando eso, nos confirmó lo que Lola nos había contado, viviendolo en primera persona.

 

 

Jeriko

Haber tenido la oportunidad de hablar con la luchadora Jeriko, perteneciente a la categoría de los exóticos, se nos ha tornado muy útil en el sentido de que sus precisas palabras han demostrado una profunda conciencia y análisis del contexto y entorno de la lucha libre, de este modo comprobándonos, por así decirlo, nuestras fuentes teóricas que en un primer momento nos ayudaron a acercarnos al mundo de esta disciplina.

Jeriko, originaria de Nogales, en el Estado de Sonora, lucha desde hace 18 años, ya son alrededor de 15 años desde que se mudó para la Ciudad de México y ahora está entrenando con el profesor Skyler en el Guerrero’s Gym. Ella ha empezado a luchar porque siempre le han gustado los deportes fuertes, que practicó desde chiquita, dedicándose luego a la lucha libre sin pensar que un día habría podido llegar al nivel en que se encuentra ahora, pues es uno de los exóticos más reconocidos a nivel mundial y también ha luchado muchas veces afuera del país, como por ejemplo en los Estados Unidos y en Japón. Nos platicó que los luchadores se distinguen entre diferentes niveles, desde los amateurs que van empezando, hasta los que son muy conocidos y que van en televisión. «Yo siento que he alcanzado un nivel alto, él de las grandes ligas, pues ya he trabajado por empresas y también he salido en televisión».

Como ejemplo de su éxito nos contó una de sus muchas anécdotas. Cuando decidió salirse de Nogales para ir a la Ciudad de México a buscar oportunidades, mientras se estaba despidiendo de sus compañeros al final de su último entrenamiento, se le acercó un locutor que estaba trabajando con ellos y le dijo que, por ser transexual, iba a perder su tiempo y que nunca iba a lograr un lugar en este deporte para hombres. Ella le contestó que no iba a regresar a Nogales sin antes pertenecer a una empresa y ser una luchadora famosa. Entonces, al año de haberse salido de Nogales, regresó allá a luchar perteneciendo a una empresa y dio la casualidad que cuando le mandaron una radio a entrevistarla, fuera este mismo locutor a aparecer, el cual, reconociéndola, admitió que le había tapado la boca.

Por ser un luchador exótico prefiere no llevar alguna máscara, para que se observe que tiene el aspecto de una mujer, y entonces solamente recurre al maquillaje para que eso sobresalga, cuando, al contrario, una máscara lo ocultaría. Cuánto a su relación con el público, siempre ha tenido una buena química con éste. «Nosotros los exóticos les encantamos a la afición. Vaya de ruda, vaya de técnica, la afición siempre está conmigo, siempre me apoya. Yo sé que el público de todos modos me va a aplaudir.» Subrayó que, aunque cuando trabajaba por la empresa solía luchar como ruda, de todos modos, domina las dos áreas: la de ruda y la de técnica. Lo que quiso decir es que los luchadores – los buenos – son sí atletas profesionales que andan años entrenando y adquiriendo las capacidades técnicas exigidas por el deporte en cuestión, pero que, de todos modos, hay también que tomar en cuenta el hecho de que al final se trata de un espectáculo para un público que ahí saca todo su estrés y tiene que ser complacido. «Si la gente quiere jotería, yo se la doy; pero si la gente quiere lucha, también le doy lucha porque estoy preparada y he tomado clases con los mejores maestros que ha habido y es por saber luchar que he ganado el lugar que he ganado».

Como mencionábamos arriba, nos quedamos un poco estupefactos por la agresividad de los espectadores hacia los luchadores y sobre todo hacia los exóticos, y al preguntarle a Jeriko si le molestara tal situación, nos contestó que no, pues el público paga un boleto para estar allá y tiene que ser respetado, aceptado y tiene derecho a gritarles cualquier cosa a los luchadores, pero lo que no puede hacer es actuar más allá de la palabra, pues en este caso puede intervenir la seguridad para sacar a los transgresores. «Si me dicen algo feo me da igual, me río, les digo groserías. Si el público se porta bien, pues yo me porto bien», comentó.

Finalmente le preguntamos si la lucha libre puede ser una solución a contextos difíciles, una oportunidad de vida, y Jeriko nos contestó así: «La lucha libre te puede llevar hasta arriba, como te puede hundir hasta abajo. Vean al caso de Místico: él es de aquí, de Tepito, y es una figura de talla internacional que ha ganado todos los títulos y económicamente, pues, está en las nubes».

 

 

 Notas bibliográficas:

[1]Villareal, Hectór, Simulacro, catarsis y espectáculo mediático en la lucha libre, pp.1-2
[2] http://cmll.com
[3]Villareal, Hectór, Simulacro, catarsis y espectáculo mediático en la lucha libre, pp.2-3
[4] Elias, Dunning, Deporte y ocio en el proceso de la civilizatición, pp.92-93
[5] Ibidem

 

Bibliografía y sitografía:

Elías, N., Dunning, E., 1992, Deporte y ocio en el proceso de la civilización. México, Fondo de Cultura Económica;
Villarreal H.,2009, Simulacro, catarsis, y espectáculo mediático en la lucha libre. «Razón y Palabra» vol. 14, núm. 69, julio-agosto, pp:1-11
http://cmll.com

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Valentina Sbocchia

Valentina Sbocchia

Laureata in Antropologia, Religioni, Civiltà Orientali a Bologna, sono ora studentessa in Antropologia Medica e Salute Globale presso la Rovira i Virgili a Tarragona.

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