Cuerpos irregulares. El teatro de la subjetividad: Hacer/Deshacer el rol de la víctima

 

Ze Carrion @Madrid, Spain

Acabamos el último artículo mencionando al concepto de encarnación del poder por parte de los sujetos migrantes a los que se van dirigiendo las políticas migratorias contemporáneas europeas en las sociedades de llegada. Hemos visto cómo el poder bio legitime dichas políticas a través de una lógica que pone al cuerpo antes de la norma como primer testigo para la concesión o la negación de unos derechos al extranjero según estrategias que tienen que ver con un contexto fronterizo cada vez más restricto a unos pocos.

En este artículo proponemos revisar – bajo el abordaje sobre las nociones – y su distinción – de táctica y estrategia propios de Michel de Certeau (1996) [1980] – la discusión sobre incorporación en torno a formas de resistencia para ubicar estas reflexiones en el marco de interrogantes más amplios que indagan la especificidad conceptual de la relación poder – resistencia: la dispersión como forma de existencia de las prácticas de resistencia; la sustancialización del poder; finalmente, estableciendo su divergencia con los desarrollos foucaultianos, la reducción de la resistencia al momento táctico.

La relación entre vida y política ha constituido, desde el final de los ochenta en adelante, el asunto principal del debate teòrico -polìtico europeo. No para nada, el enfoque biopolítico ha sido individuado casi como el marco de fábrica de la así llamada “european theory”.

Precisamente en Europa, sin embargo, a menudo se ha arriesgado a que la “genericidad” del término vida acabara con hundir en una peligrosa indistinción toda la cuestión relacionada a la biopolítica reduciendo a los mismos sujetos al silencio y a la pasividad.

Puede decirse, además, que la vida haya servido a menudo, en nuestro debate teórico, para neutralizar diferencias y elecciones políticamente más complejas pero eso no quita que a través de la biopolítica hayan sido nombradas cuestiones muy serias como hemos visto a través de las investigaciones realizado por el antropólogo Fassin.

Nos resulta aún muy útil el texto Por una repolitización del mundo (Fassin, 2018), que efectivamente insiste en un intenso “cuerpo a cuerpo” con la cuestión de la biopolítica, entendida, con Foucault, como nexo entre política, cuerpo y verdad.

Más allá de la crisis de los alfabetos tradicionales de la política moderna, declara el autor, una repolitización, una reconstrucción de un sentido que incluya la acción política, es aún posible, pero que tiene que ser encontrada en el vivo de la subjetividad, de los cuerpos mismos a los que la política se dirige.

La biopolítica queda, entonces, un pasaje obligado y crucial. Sin embargo, según Fassin, el discurso foucaultiano es insuficiente: Foucault enuncia como determinante el tema de la política de la vida, pero, en el fondo, lo deja muy pronto. Después de las referencia a una biopolítica en sentido estrecho, en Foucault el atención se acaba por concentrarse más bien en las técnicas de gobierno (el tema de la gobernabilidad) que sobre el sentido y el valor de aquellas técnica.

Las referencias al poder de la vida en cuanto tal desaparecería, y el  Foucault governamental produciría finalmente una “biopolítica sin vida”: màs bien una política sobre la vida que una política de la vida. (Fassin, 2018).

Pero dejamos a los estudiosos  foucaultianos dichas, igual relevantes, cuestiones interpretativas, y centramos en lo que Fassin entiende por política de la vida, o más bien por encarnación/incorporación del poder.

La mirada antropológica nos ofrece, en este sentido, mucho material para el enfoque biopolítico que supere cada ambigua generalidad de las referencias a la vida y al ser vivo.

Fassin crítica con determinación a otro dispositivo a través del cual los discursos sobre la vida riesgan de neutralizar su preciso objetivo político: la que separa netamente la vida biológica de la vida históricamente calificada, el hecho de sobrevivir, la vida en sí y “la vida que se vive mediante un cuerpo y como parte de la sociedad” (Fassin, 2018).

Es a la implicación de las distintas y complejas dimensiones que, en cambio, hay que observar: cada vida siempre es una vida históricamente producida, contra todo corte entre formas de vida y elemento biológico, lo que, por ejemplo, puede en vez emerger del enfoque de Arendt, al menos cuando separa netamente el espacio político da aquello natural – reduciendo a esta última dimensión el entero espacio de lo económico-social – o en lo de Agamben (1995), en el que la insistencia sobre la nuda vida arriesga producir “la desaparición de sujetos”.

Ninguna nuda vida, ninguna vida en sí, no bios contra zoe, entonces, sino vidas históricamente calificadas y cuerpos sobre los cuales poderes políticos e históricamente establecidos inciden en la acciòn. Política de la vida significa, por lo tanto, que el hecho de vivir, en el sentido de conservar la vida, de sobrevivir, se impone ya como criterio de legitimidad del acción política.

Si los dominados, a lo largo del capitalismo industrial, usaban su cuerpo esencialmente como fuente de fuerza laboral, ahora la misma existencia, se encuentra a ser jugado directamente como fuente de derechos.

La economía política clásica de la explotación del trabajo se entrecruzan ya con una economía moral por la cual los migrantes vienen llamados a exponer el propio cuerpo, a contarlo, a certificar continuamente el malestar y los sufrimientos como título legítimo para reclamar derechos o al menos asistencia.

Las investigaciones en el campo presentadas por Fassin dibujan con extraordinaria concentración el afirmarse de esta nueva  biolegitimidad y de las nuevas desigualdades, de las nuevas jerarquías que a través de esta nueva “ ciudadanía biológica” se producen. 

Como vimos precedentemente, la ilegitimidad consiste en el alma profunda de la razón humanitaria del contexto del refugio, que se ha impuesto en las políticas migratorias. Cuanto más el sentido político del derecho de asilo esté neutralizado por políticas securitarias, aún más avanza la lógica humanitaria: no por casualidad, el sistema de los permisos temporales para el acceso a medicaciones sanitarias indispensables va sustituyendo progresivamente la posibilidad, siempre màs dura, de obtener asilo político.

El procedimiento administrativo obliga a una exposición cada vez más individualizada de cada historia: invade la subjetividad, solicitando el suplemento del alma de una narrativa cuanto más patética y persuasiva; al mismo tiempo, obliga a la objetividad del documento, a la exhibición continua de certificados.

Por cuánto concierne la precariedad económica y existencial, las cosas no van diversamente: la plaga compasional y caritativa asumida por sistemas de welfare cada vez más condicionados obliga también a contar y a documentar la propia dificultad extrema, para poder “aprovechar” de las residuas concesiones de una administración cada vez más discrecional, que mezcla continuamente justicia y piedad en su range de evaluación.

En el juego continuo de “construcción de sì y de sumisión al estado”, en el “doble proceso de subjetivación y sujeción”, la vida deviene así el terreno en el cual se juega la legitimidad moral y política de la propia presencia.

Una mujer subsahariana puede contar del asesino del padre militante político, el secuestro de la madre, la violación grupal que ha sufrido pero todo esto no le valdrà, nel cierre general del derecho de asilo, cuanto la decisiva prueba de verdad de su seropositividad.

Los cuerpos son así atrapados en un juego de doble violencia política explícita, en que el Estado obliga a exhibirse continuamente como víctima, y de violencia estructural implícita, a través de “la incorporación de un pasado y un presente violentos” continuamente a reconstruir.

La política de la vida, leída de esta forma, marca evidentemente un ulteriore avance de la fuerza de los procesos de precarización, a la vez moral y política, de las existencias, sumisas continuamente a la obligación de exponer la propia extrema vulnerabilidad para demostrar su propia legitimidad.

Y hasta que el análisis se centre en los juegos de poder enfocados en el cuerpo, una visión interdisciplinar de la biopolítica y una lectura del trágico no puede que prevaler. Sin embargo, nos parece que los textos de Fassin ofrezcan también llaves de lecturas que van más allà de un análisis de las formas de sujeción política. Para comprender la política de la vida y las contradicciones de fondo de las razones humanitaria y compasiva, nos resulta fundamental el uso del concepto de economía moral: un tejido de normas y obligaciones, de valores y de afectos que definen lo que se puede tolerar y lo intolerable, lo que puede hacerse y lo que no. 

En este sentido, la mirada hacia las economías morales puede romper la menuda ciclicidad del doble proceso de sujeción/subjetivación, permitiéndonos de descubrir, también dentro de los espacios de los más marginales y subalternos, las miles estrategias de producción de subjetividad. Y precisamente en estas estrategias, precarias pero constantes, a menudo de subsistencia, pero también de rechazo y de revuelta, las prácticas de la vida encuentran continuamente la posibilidad de una ruptura, o mejor dicho de un inversión de posicionamiento.

Por eso, también la razón humanitaria se muestra continuamente cruzada por historias colectivas que la modifican continuamente: micro e macro resistencias que pueden forzarla desde el interior y transformarla radicalmente. Precisamente porque la vida no es “desnuda” sino siempre históricamente calificada, los campos del humanitario, del estado de bienestar caritativo, de la producción de marginalidad, más que nunca constituyen campos decisivos de intervención política: El afirmaciòn cada vez más intenso de las políticas de la vida, en el profundo, significa también una siempre posible intensificación de microestrategias de resistencia que cruzan los espacios y los lugares de la asistencia y del servicio social.

El humanitarismo puede gestionar vidas, jerarquizarlas y priorizarlas en maneras muy ambiguas, pero el estudio de las economías morales nos pone siempre delante del sentimiento ético, que se hace motor de resistencia política, de subjetivación, y la estrategias (o bien tácticas) de sobrevivencia y de sustracción a las obligaciones y condicionamientos impuestos se revelan formas de lucha y posibilidad de “repolitizar el mundo”.

Por esta razón, y por consiguiente, si el poder es biopoder en cuanto dirigido estratégicamente a la gestión sobre la vida misma de las personas – en este caso hacia migrantes – entonces es sobre la vida misma que se juegará tácticamente el “cuerpo a cuerpo” cuanto de derechos se ha convertido en privilegio.

Así, pues, después del recorrido fronterizo que obstaculiza cada vez más el acceso y la permanencia de los migrantes en suelo europeo, tratamos aquì de investigar sobre aquellos procesos de internalización de las fronteras por parte de los sujetos a los cual están dirigidas, haciendo hincapié en las táctica de resistencia y de reivindicación activa del espacio social en el intento de demostrar cómo, al contemporáneo contexto de asilo, correspondan nuevos parámetros de comprensión que abren las posibilidades de la construcción de nuevos sujetos políticos y nuevas formas de pensar a la ciudadanía.

Se subrayan los procesos de desvinculación en acción dentro y fuera del heterogéneo campo del refugio y de las distintas vías mediante las cuales, en un cruce de perspectiva en que interactúan estrategias y tácticas de acción distintas, ellos “desafían” las fronteras externas e internas del “refugio”.

Lo del asilo es un contexto estructuralmente ambiguo. Podemos encontrar los signos hasta dentro de las palabras que lo caracterizan: Hospitalidad y acogida son entre las que más forma parte del lenguaje moral y humanitario aplicado al refugio.

En su libro Le vocabulaire des institutions indoeuropéennes, Emile Benveniste (1969) subrayaba cómo el escenario semántico del término griego Xenos comprendiese los conceptos – en el léxico actual distintos ya – de extranjero y huésped a la vez.

En la lengua latina el autor analiza también la familiar estructura etimológica entre los términos hostis y hospes: variantes fonéticas de una misma raíz que se presentaban como resultado de una bifurcación semántica aún más fuerte (Benveniste, 1969). Dicho de otra forma, el huésped (hospes) era a su tiempo el hostil (hostis) que dañaba al acogedor hasta poner en riesgo su propia existencia. Sin embargo, Benveniste subraya como primitivamente “hostis” no era ni el extranjero ni el enemigo (Benveniste, 1969:68) sino que su significado aludía más bien a la obligación de compensar.

El otro que recibe hospitalidad entonces no es el que necesariamente es hostil sino el que se encuentra en relación estrecha de compensación con el donante (Benveniste, 1969:69.): el primero es deudor hacia el segundo, y depende de él por una desigualdad de intercambios. Resulta interesante en este sentido señalar el apartado sobre economía de la obra en la que Benveniste inserta estos pensamientos y reflexiones sobre la hospitalidad: «la noción primitiva de hostis – continúa – es la de igualdad para la compensación, el que compensa un regalo con un obsequio, un contra-dono […]». Si es así, Benveniste, entonces, proporciona una reconstrucción cercana a la lectura de Marcel Mauss sobre el don (Mauss, 1965 [1925]), aplicable al caso de la acogida internacional contemporánea.

En el escenario contemporáneo la palabra “refugiado” evoca un imaginario similar. Como ha enseñado Mauss el acto de donar no reside en algo mecánico, sino que define las relaciones de estatus y de poder que existen entre donador y el que lo recibe. El don no es una cosa ni un acto individual, sino que se configura como relación social. 

En la interpretación maussiana la esencia del don consiste en el tríptico dar- recibir- restituir como un sistema de obligaciones que por lo tanto no es ni gratuito ni desinteresado. Dentro de un espacio amplio entre un orden de necesidad y libertad, en cuanto relación, el don permite afirmar la propia subjetividad hacia el otro sin depender de este último. De esta forma, el intercambio conduce hacia el vértice máximo en el que puede encontrarse la dinámica del don: puede donar solo quien abunda de algo y que no necesita de una inmediata respuesta directa.

Dicho dispositivo es fundamental a la hora de comprender aquellos mecanismos de victimización que proceden de los migrantes o en general de aquellos sujetos más desfavorecidos y “pobres” de derechos: si el reconocimiento de la afirmación del otro se produce a través de la restitución del don, pues, ahí donde no es posible en cuanto el don se reduce a una mercancía en manos de pocos por su posición político – económica, entonces la alteridad es, desde el principio, expuesta a un continuo juego entre deuda y agradecimientos.

En esta perspectiva, la acogida parece encarnar la ambivalencia por excelencia: ofrecer ayuda y asistencia a las personas en cuanto “víctimas”, pero dificultando el proceso para que se le reconozcan como tales, una premisa emblemática para que se tenga fija la relación de dependencia de los últimos con los primeros, en una condición asimétrica donde el intercambio parece no equipararse.

Así las personas solicitantes de asilo se ven puestos en una condición de asimetría relacional que además de las inevitables dificultades del primer periodo de exilio, son alimentadas por las prácticas y por un discurso patético propio del contexto del humanitarismo contemporáneo que otorga el estatus de refugiado y la protección sólo a los que efectivamente entran dentro de los requisitos que le definen como “víctimas”.  Siguiendo lo declarado por la Convención de Ginebra, que proporciona el reconocimiento en el caso de “efectivo” miedo a ser perseguido, la protección parece estar otorgada bajo evaluación muy restrictas y arbitrarias, además, dirigida a quienes alcanzan y se esfuerzan en demostrar ser víctima de amenazas, violencia o torturas(1).

Más allá del discurso jurídico, dentro de la práctica observable no es suficiente con ser kurdo en Turquía, homosexual en Sudán, o perteneces a una entre otras clases previstas por la convención, para devenir automáticamente refugiado, sino que es necesario ser capaz de demostrarlo a través de pruebas de verdad que por lo visto ve al cuerpo como el mayor testigo que la pericia del experto autorizado puede bio legitimar.

La construcción de una categoría de inmigrante “refugiado” por las comunidades internacionales y por las políticas humanitarias ha producido, por lo tanto, un “universalismo despolitizado” que etiqueta a las personas sin reconocerle ni su subjetividad histórica, política, ni jurídico-biográfica. Además, el proceso analizado hasta aquí pone a la sombra otro aspecto muy importante: el refugiado no tiene acceso a la ciudadanía sino bajo una forma subordinada y transversal de ciudadano “por mitad”, de no-persona que la violencia precedente ha deshumanizado tanto que no parece permitirle, evidentemente, el acceso a la plena y activa autonomía. Abogados por las ONG internacionales u organizaciones ONU, y en nombre de derechos humanos “primarios”, los refugiados vienen asistidos como tales, como si su vida dependiera únicamente por su vulnerable posición (Agier, in AA. VV 2005a: 61).

Sin embargo, esta aparente obviedad requiere un esfuerzo crítico mayor. Como escribe Rahola: ” La impresión es que, en un campo semántico tan amplio, se esconde un engaño” (Rahola 2005).

Este aparente ambiguo contexto desvela en realidad una más coherente y verdadera forma de acción, un agencia que se desvela propiamente en el “ajuste” a ser /hacerse exclusivamente víctima, en esta misma negociación del proprio sufrimiento que parece constituir el capital simbólico por excelencia del migrante, en el tentativo continuo de  superar la representación de refugiado/víctima y reafirmarse en cuanto sujeto.

Es necesario, en cambio, situar histórica y geográficamente la relación de ayuda, reflexionar y deconstruir las lógicas y los discursos que nutren cualquier intento de rehabilitación, medicalización y deshumanización… el riesgo sería el de aniquilar a los sujetos dentro de categorías ficticias y de procesos de dominación y subordinación. Hace falta poner en discusión el entero contexto, más allá de la relación unilateral entre usuario/migrante, restableciendo un juego de roles entre múltiples sujetos ACTIVOS.

Pierre Bourdieu que, entre otros, ha hecho aportaciones importantes sobre el lenguaje y las relaciones de poder entre sujetos y sus discursos, nos ofrece algunas líneas temáticas para ir viendo como en el contexto político del humanitarismo se ponen en juego unas relaciones de poder entre sujetos, que, pese a su asimetría, están mutuamente reconocidas. (Bourdieu, 1988). Las relaciones de poder están estrechamente vinculadas a la manera en que una sociedad se organiza y por las características estructurales que mucho influyen en la naturaleza misma de las relaciones establecidas (Bourdieu, 1988).

Las instituciones tal como escuela, leyes, religiones, familia aseguran la continuidad de la dominación de la clase dominante en donde cada persona produce sus discursos y prácticas asumiendo posicionamientos determinados que directa o indirectamente aseguran las relaciones de poder existentes: se puede demostrar como prácticas y discursos que parecen ser compartidos se producen también por una determinada ideología que viene “naturalizada” por las personas sobre la cual ellos actúan, piensan, hablan en un sentido común.

La lucha por la imposición de un sentido común – por una visión más que otra – es continua, en donde los actores mantienen un poder proporcionado a su capital simbólico, o sea al reconocimiento que reciben por un grupo. Lo que determina el poder de las palabras y de la práctica, o sea la eficacia performativa del discurso, no está tanto en las palabras mismas sino en su autoridad reconocida (Bourdieu, 2008:85). El éxito de los enunciados – que Bourdieu define “actos de magia social” no depende de su comprensión sino en el reconocimiento legítimo a ser pronunciados por personas autorizadas que se hacen portavoces de ellos.

El poder reside, entonces, en el hecho de que el delegado actúa sobre los agentes a través de las palabras en cuanto reconocido y autorizado mutuamente a hacerlo. Esa autoridad, por lo tanto, necesita de la colaboración de los demás, mediante mecanismos, instituciones sociales capaces de reproducir complicidades (Bourdieu, 2008). Así que, por lo visto, en el específico contexto espacio temporal del asilo contemporáneo, se produce un lenguaje particular por parte de los agentes de la política que gestiona y asiste a los inmigrantes, propenso a la escucha y autorizado por dispositivos de poder dominantes que en nombre de lo humanitario legitiman su fuerza performativa (Bourdieu, 2008).

Tiene que ser aclarado, antes que todo, que lo criticado aquí no es tanto la asistencia a los migrantes en sí, como en su generalidad, el modelo que fija al beneficiario en una posición de impotencia y de obligaciones respecto a lo que ofrece su ayuda, transformando toda la población migrante en una masa homogénea e indiferenciada a él vinculada. Lo que enfatiza este trabajo es ofrecer, por lo tanto, la oportunidad de subvertir este discurso/imaginario que hasta ahora se ha desarrollado en torno al asunto del asilo y que involucra a todo los “refugiados” indistintamente.

El universo contemporáneo del humanitarismo gestiona lo que Foucault define un verdadero”orden del discurso”: la rarefacción de los enunciados, su continuidad y discontinuidad, sus efectos de verdad (Foucault, 1977). Su poder – saber, entendido como el conjunto de normas que le configura legitimidad, deviene el gobierno de la vida y de la muerte (Foucault, 1978) en donde los refugiados deben desde el principio aprender a devenir al mismo tiempo hábiles y capaces de responder a este discurso por medio de la adecuación a la norma manejando un lenguaje que se llena de sufrimiento y súplicas. La historia traumática constituye a este punto el mayor capital simbólico del migrante, que exalta las emociones en el escenario público respecto cualquier otra peculiaridad su experiencia pueda tener para superar la oposición que desde la verdad distingue al refugiado del impostor que intenta “aprovecharse” del asilo (Asylum shopping) eludiendo la ley.

En la construcción y el trato de los inmigrantes en cuanto víctimas se combinan distintas lógicas de posicionamiento en una mezcla de capitales – social, simbólico, pastoral. Hemos resumido él trabajó en dos grandes líneas de acción en el campo – lógicas estratégicas y lógicas tácticas – entre asistencialismo por un lado y la capacidad de agencia de los migrantes por otro. El análisis nos ha llevado a recoger la capacidad de agencia de los migrantes frente a las pretensiones, indirectas o no intencionadas, institucionales de asumirlos y de asumirse como víctimas a curar.

Pero ¿Qué es lo que entendemos a la hora de hablar de agencialidad migrante?

De forma más general, el concepto de agencialidad (agency) aparece a menudo dentro de los escritos académicos contemporáneos más recientes pero la interpretación que se utiliza puede variar según lo referido. Así, por ejemplo, de la investigación que conduje personalmente sobre sus sentidos son pocos o casi ninguno los que utilizan este término refiriendo a la capacidad humana de actuar.

En inglés, paradójicamente, la aceptación más común del término agency refiere justo a la ausencia de esta capacidad como la definición clásica de agente implica una acción en beneficio de otro, sobre el que recae la acción, y no de sí mismo. El concepto de agencialidad ha conocido una relevante difusión al final de los años ’70, como reacción frente a la incapacidad del estructuralismo y de los estudios post-coloniales de tener en cuenta de las acciones de los individuos más vulnerables, puestos hasta hace relativamente poco en una posición de absoluta pasividad. Empujado por activistas que ponen en discusión las distintas estructuras de poder, muchos académicos intentaron formular nuevas teorías que fuesen capaces de restituir el justo papel a los efectos poderosos de la acción humana.

Las teorías del feminismo, en particular, analizaron las maneras a través las cuales la dimensión personal ejerce su influencia dentro de las estructuras sociales y políticas más amplias, y al mismo tiempo están influenciadas por éstas, de tal manera que las dimensiones están mutuamente constituidas. Muchos autores, entre los cuales Bourdieu, notaron que los seres humanos “hacen” a la sociedad exactamente como el contexto social “hace” a ellos creando y elaborando una nueva escuela de pensamiento muy amplia y aún no bien definida, sobre la “teoría de la práctica” (Bourdieu, 1972). Lo que intentan resolver los exponentes de dicha teoría de la práctica funda los afanes de las ciencias sociales: ¿Como la reproducción social define transformaciones sociales? Ellos creen que la respuesta a esta pregunta reside justo en el concepto de agencialidad.

En este sentido hay que tener en cuenta, por lo visto, que la formulación del concepto de acción no se identifica para nada con lo del libre arbitrio y como visto de plena autonomía, al revés, con acciones siempre vinculadas por carácter sociales, culturales y lingüísticos que le producen. Además, aunque algunos académicos utilicen el término agencia como sinónimo de resistencia, casi todos los exponentes de la teoría de la práctica defienden que los actos producidos por los agentes sociales pueden favorecer una complicidad, un acuerdo o más bien un reforzamiento del estatus quo y no un intento de destruirlo. Mi uso del término deberá aquí tener en cuenta sobre todo en este último sentido.

En el primer capítulo de Los dominados y el arte de la resistencia, James Scott, [1990], 2003) ofrecía una primera consideración de la manera en que estudiaba Foucault los sujetos gobernados por el poder – saber por medio de unas obligaciones de decir “su propia verdad”, una verdad confesada y adecuada a los saberes del confesor.

Haciendo hincapié en las expresiones del discurso explícito y del comportamiento público que se exige a los que están sujetos a formas de subordinación social y de lo que se esconde detrás de ellos, Scott revela como al “hablarle con la verdad al poder” el débil disimula y sacrifica la sinceridad en virtud de unos “intereses”. La necesidad de ocultarse, de llevar la máscara de la víctima funda en este sentido la acción que se juegan los sujetos migrantes en el contexto del asilo en donde a menudo, ambas partes consideran conveniente fraguar de forma táctica una imagen “falsa”.

Las relaciones de poderes entre ambos sujetos, dominador y dominado están llenas de “engaños” teatrales y simulaciones. Utilizando un amplio recorrido de ejemplos traídos por la literatura, por la historia y la etnología, Scott nos propone un perfecto análisis de los papeles en juego, subrayando aquellas medidas de subordinación silenciosamente asumidas por los dominados delante del dominador en una mera conducta estratégica, marcando una propia capacidad de acción.

La deformación del lenguaje y del discurso victimista del humanitarismo por parte de los solicitantes de asilo se configura como una obra de politización de lo cotidiano, del lenguaje, de su capacidad de elaborar su propia historia de sufrimiento, su experiencia de violencia, de sacar ventaja de la manera en que los derechos de asilo han sido construidos. Resulta la táctica:

«[…] un cálculo que no puede contar con una base propia [..] la táctica ha como lugar solo lo del otro. El “suyo” es una victoria del lugar sobre el tiempo. Al contrario, por su no-lugar, la táctica depende del tiempo, lista para coger de repente posibles ventajas. Pero lo que gana no lo acumula. Tiene que jugar continuamente con los acontecimientos para transformarlo en”ocasiones» (De Certeau 2005:15).

La táctica deja intactos los confines del espacio impuesto, pero permite a quien la pone en acción de volverla plural a través de su creatividad y agilidad. El espacio impuesto del cual hablo es aquel espacio marcado por el asistencialismo y del humanitarismo que pueden ser leídos como las dos caras de la misma moneda: mientras que el primer recuerda un paternalismo de impronta colonial que transforma los derechos en asuntos burocráticos o de sufrimiento individual, el segundo acaba con reducir, paradójicamente, hasta al “silencio”a los refugiados.(2)

El conjunto de sus discursos y de sus prácticas transforma tanto al sufrimiento como a la naturaleza del asistencialismo produciendo efectos controvertidos tales como la “obligación” de volverse enfermos para poder ser reconocidos legítimamente: “El estatus privilegiado asignado al cuerpo dentro de la praxis de legalización y del acceso a los servicios sanitarios ha afectado la conciencia de su identidad […] la sociedad condena a muchos extranjeros ilegales a una existencia oficialmente solo reconocida como personas enfermas. Es en este sentido que podemos hablar de incorporación de una situación social del inmigrado. (Fassin in AAVV 2006: 317).

Toda esta manera de actuar tácticamente a través de una exposición patética de su propia condición daría a pensar que los migrantes “objetivados”por un proceso de pasividad por el efecto de incorporación de dichas micro o macro políticas, que limita los márgenes de control de los sujetos y su capacidad de negociación en términos de su existencia. Lo que no se tiene en cuenta en este contexto es que los solicitantes de asilo juegan con estas mismas categorías, “negocian” con sus historias y sus relatos con el fin de sacar ventajas, económico también, de la medicalización como por ejemplos pueden ser tratamientos sanitarios, un sitio en los centros de acogida, pensiones, reembolso, hasta el mismo estatus de refugiado.

Entrando “en contacto” con el delicado fenómeno de las migraciones forzosas nos encontramos en un lugar/espacio lleno de relaciones sociales. Se intenta trabajar en y sobre el presente de las trayectorias de vida de los solicitantes de asilo, buscando no reducir sus necesidades simplemente a lo “traumático” que tendría como efecto, entre otros, de ocultar los tratos deshumanizantes que a menudo las prácticas de los agentes sociales generan.

Es necesario por lo tanto reflexionar sobre los riesgos que se ponen en juego a la hora de vincular a los solicitantes de asilo con un trato que oscila exclusivamente entre medicalización – que esconde nuevas dinámicas de poder y nuevas condiciones de violencia a través la “política del trauma” (Beneduce, 2009; Fassin, Rechtman, 2007:23) – y asistencialismo – que fija y atrapa a las personas en un círculo vicioso de victimización, subordinación, paternalismo, pasividad.

Si el enfoque biopolítico en el contexto del refugio se revela esencial a la hora de desvelar los dispositivos de poderes que solo representar a los refugiados como una masa uniforme y pasiva, anónima e indistinta, no debemos, sin embargo, perder de vista la variedad de las formas de resistencia que ellos actúan a diario. Aún una vez Michel De Certeau nos recuerda como:

«[…] miles medidas de construir/deconstruir los juegos del otro, o sea el espacio creado por los demás, constituyen la acción, tenaz y sutil, resiliente, de grupos que, no gozando de su propio lugar, tienen que desvincularse en unas redes de fuerzas y de representaciones preestablecida». (De Certeau, 2005).

Constituyen estas las tácticas “jugadas” por los solicitantes de asilo que hacen/rehacen continuamente el juego del otro, es decir asumiendo el rol de víctima que actúa a la hora de eludir el sistema político, económico, sociosanitario europeo. Este mecanismo quiere reconocer no ya la pasividad a ellos conferida sino al revés, una agencia, una capacidad de moverse entre las categorías en las que están involucrados, descomponiéndose en formas y contenidos distintos para reafirmar su individualidad y acceder a los derechos sociales y de ciudadanía que solicitan.

Las formas en que las personas responden a las experiencias vividas varían mucho, y por la mayoría de los casos el sufrimiento y el trauma se traduce en aparente “silencio”. A pesar de todo, bajo la superficie más dura, se tiene que desvelar aquellas micro- resistencias, que a su vez puedan otorgarles unas micro-libertades que generan un estilo de invenciones técnicas, de contra – don- de ética de la técnica (De Certeau, 2005:60).

Como nos sugiere James C. Scott:

«La mayor parte de la vida política de los grupos dominados no reside en el desafío abierto y masivo contra de los dominadores, ni en su total sujeción hegemónica, sino que se encuentra en el vasto territorio entre uno y otro extremo» (Scott, [1990] 2003).

La deformación del lenguaje humanitario desde el punto de vista de los refugiados se configura como un acto de politización de lo cotidiano y de la capacidad de elaborar sus narraciones, sacar ventajas de este mismo contexto. Será útil en este sentido proponer la relectura de la dialéctica hegemónica y el sistema de relación entre fuerzas que entran en acción en los procesos de victimización.

La extrema dualidad hegemonía/subalterno representa en esta perspectiva una oposición equivoca porque no tiene en cuenta de las dimensiones más íntimas y sutiles de dicha dialéctica, olvidando por lo tanto las formas más creativas e invisibles de resistencia de los distintos agentes involucrados, punto clave para acceder a los mecanismos más íntimos tanto de los actos de los receptores de la acogida como de los propios destinatarios, en los cuales los intereses de ambos sujetos se entrecruzan entre sí. Lo que encontramos no es por lo tanto un mundo de víctimas sino personas, sujetos cuya identidad – dentro de la complejidad, de la multitud que dicho concepto lleva consigo – ha sido afectada y que se relaciona a la vez con un conjunto heterogéneo de las relaciones sociales.

Identidad y diferencia no asumidas como homogéneas, fijas y monolíticas sino siguiendo la idea según la cual “cada individualidad es un lugar dentro del cual se expande una pluralidad incoherente y contradictoria de sus determinaciones relacionales (De Certeau, 1990). No se trata simplemente de reconocer estas medidas micropolíticas como resistencia: en el específico caso de los refugiados – y ampliando el discurso a toda la población migrante – son más bien unas formas puesta en acto en el intento de existir de forma plena jurídico y socialmente, por el hecho de que su situación y presencia en el espacio esté estrechamente ligada más que cualquier otro sujeto a su posición legal.

Resistir quiere decir existir. Bajo la realidad de los poderes de las instituciones hace falta reconocer un movimiento hecho por micro-resistencias que generan a su vez unas micro-independencias, una propia “autonomía” manipulando recursos inesperados dentro del espacios impuestos: se instauran así unos cambios sociales, invenciones técnicas/tácticas – que marcan una nueva forma de resistencia moral, o sea una economía del don, una estética de los trucos y una ética de la tenacidad (De Certeau, 2005:60).

En esta perspectiva la autonomía no puede considerarse como una condición desvinculada y extraña respecto a las relaciones con el otro, sino que identifica un proceso de apertura de relaciones a través el desarrollo de una presencia capaz de favorecer mutuo apoyo y la formación de una experiencia y una memoria compartida por un grupo. Retomando el utilizo que del concepto de autonomía hace Lahire (2006), Franzè Mudano y Parajuà (2015) nos proporcionaban de forma crítica aquellos “rasgos salientes del pasaje del control al “autocontrol” en cuanto a los esquemas de acción que los sujetos deben poner en juego auto conduciendo sus prácticas.

Ver la tarea migratoria no sólo en clave restrictiva sino como el resultado de políticas sociales de imposición que inducen, incitan e implican a los sujetos en el directo desempeño de una actividad, dentro de una relación activa en su compromiso con las instituciones, pone a los sujetos en el centro de la acción bajo una aparente autonomía (Franzé Mudano; Parajuá, 2015:1236-1240). (3)

El modelo liberal aplicado a las tácticas de los migrantes permite ver como en todo caso se construyen más ocultas dependencias en donde se responsabiliza a los sujetos mismos a la hora de no cumplir con las justas disposiciones o habilidades. El paso desde el aislamiento a la puesta en escena de una representación individual y colectiva crea además las condiciones por una dilatación de los juegos de reciprocidad y de las dinámicas de las situaciones afectivas y sociales, ofreciendo un espacio posible para el grupo minoritario ahí donde se ha experimentado el vacío de un discurso común desdibujado continuamente en formas variables atención social.

Trabajar en colectivo es buscar un lugar común – en principio extranjero – en el que puedan realizarse en alguna parte y en algún modo, calibrando lo vivido no en términos de privación sino de algo más a tener, un lugar más, una lengua más, una cultura más, dibujando así un futuro más abierto y con mayores relaciones.

Dichos canales se configuran por la creación de lugares donde poder hablar, relatarse contarse sin que nadie sospecha de lo que cuentan, intentando por lo tanto afirmar su subjetividad más que ser meros espectadores de la escena narrativa: una estrategia decisiva sobre todo por los que estén considerados como humanidad en exceso, invisibles o demasiado visible por una máquina mediática que les considera ilegales o clandestinos. En la dimensión jurídica,”ser dueños de su propia vida”, impediría que la vulnerabilidad pueda reiterar continuamente el proceso de victimización:

«Para los refugiados actuar y tomar la palabra significa rechazar la vulnerabilidad como cura de la víctima pura y sin nombre….

Los desplazados y los refugiados dejan de ser tales no cuando vuelven a su casa sino cuando en cuanto tales luchan por su cuerpo, su salud, su sociabilidad, rechazando ser víctimas que el contexto humanitario presupone, para ser sujetos.» (Agier, Annuario di antropología n.5 2005).

Es la producción de nuevas comunidades posibles a imaginarse en nuestro caso, una colectividad a construir – y que se está construyéndose- que no se fundamenta sólo en el pasado sufrido sino en un presente resistente hecho por nuevas demandas de ciudadanías.

El trabajo que nos compete es la relectura de dichas dimensiones que, si en el plano político trata de ser un espacio de refugio, un lugar vacío, en la realidad es un campo que se llena de relaciones, las mismas relaciones que se crean por la intervención humanitaria.

Notas:

 1. Art.1 ”Un refugiado es aquel que debido a fundados temores de ser perseguido por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él”. (Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados de 1951)

2. El término silencio hace referencia al discurso oculto que se queda detrás de las escenas teatrales de lo cual hace mención Scott y no como ausencia de voz de los sujetos subalternos.

3. Está cuestionada la idea liberal de autonomía que supone que puedan estos procesos políticos independizar completamente a los sujetos en cuanto al revés se hacen más dependiente de otros.

 

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